El último presidente mexicano que habló sobre el mundo fue Carlos Salinas de Gortari (1988-1994); después llegó la penumbra producida por lo que parece ser un eclipse solar llamado Estados Unidos. Entre México y el mundo se interpone el país vecino, y en la sombra llevamos un cuarto de siglo.

De sencillas correlaciones se forman paradojas; los incentivos que obsequia la revolución de la información no necesariamente incluyen el conocimiento. Ejemplo, comprar un libro para leerlo a través del Kindle cuesta la mitad del producto tangible, y sin embargo, los índices de lectura se mueven con penosa lentitud.

En México solemos medir a la internacionalización del país en función del número de tratados comerciales; en México, se tiene la creencia de que al tener una oferta amplia de marcas internacionales de automóviles nos encontramos globalizados. En México, en realidad, a la globalización se le tendría que llamar globaludización. Se valora la estética de un iPhone antes de evaluar la oferta de servicios.

Las redes sociales son los videojuegos con palabras.

En México simulamos hablar sobre el mundo en abstracto para evitar que flote la ignorancia aldeana. Ejemplo, los noticieros de radio y televisión, así como las páginas de los periódicos, suelen presumir la abundancia de información e investigación al decir: “A continuación, toda la información sobre México y el mundo”. Acto seguido y en tan sólo tres minutos o tres páginas, presentan una cascada de incendios, temblores y ataques terroristas en Oriente Medio.

Hoy, la probabilidad de que López Obrador gane las elecciones del 1 de julio supera a la de Meade y Anaya. ¿Qué es el mundo para López Obrador? ¿En cuántas ocasiones se le ha escuchado un discurso de política exterior en lo que va del siglo?

La semana pasada, Loret de Mola organizó un debate sobre el tema internacional entre representantes de los candidatos. Al escuchar a Héctor Vasconcelos, eventual canciller de Obrador, ingresé a un túnel del tiempo para viajar hacia lo “todo hecho en México”; época en la que las bicicletas se quedaban sin ruedas antes de correr los primeros 100 metros.

Sabemos que desde la Secretaría de Relaciones Exteriores nunca se han ganado elecciones porque sus atributos carecen de seducción doméstica. Lo peor, prevalece la creencia en la mayor parte de la población mexicana de que el presupuesto de la diplomacia sólo sirve para comprar vinos y boletos de avión; “¡primero tienen que solucionar los problemas domésticos!”, es el grito de los integrantes de la oclocracia, cuando en realidad, los nacionalismos son los encargados de empobrecer a las naciones.

Nuestro debate político se reduce a la diversión en la aldea. “Nunca se vio con tanta evidencia que la política pertenece al teatro. Pero ni siquiera es representación. Apenas llega a ser espectáculo”, escribe Vicente Verdú en su espléndido libro de aforismos Tazas de caldo (Anagrama).

Hoy en México, el debate sobre el nombre de la plataforma que emitirá la serie sobre el populismo en América Latina nos mantiene en estado de pasmo.

Así es. Creemos que vivimos en el planeta México.

@faustopretelin

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.