Se ha señalado hasta el cansancio que la actual situación de la ausencia de un pleno Estado de Derecho es un obstáculo para avanzar en el desarrollo socioeconómico y político del país. Este gobierno que termina ha sido particularmente violatorio del Estado de Derecho.

Por ello, el próximo presidente de la República deberá dar firmes muestras, desde el inicio, de que está plenamente comprometido con el cumplimiento irrestricto de la ley.

A este respecto, ¿qué podríamos esperar si el triunfador de la elección presidencial resulta ser Andrés Manuel López Obrador? Para entender su muy personal forma de gobernar, revisemos algunos rasgos de su actuación como jefe de Gobierno del Distrito Federal. Al asumir el cargo como miembro del PRD, este partido no gozaba de una mayoría en la Asamblea Legislativa.

Rápidamente, el regente encontró la manera para operar por encima de la Asamblea: la facultad de emitir bandos informativos en vez de utilizar el conducto de la emisión de leyes y decretos por parte de la Asamblea.

A los pocos días de su toma de posesión, emitió un bando para el reordenamiento de la vivienda en la ciudad. A este bando se le atribuye la discrecionalidad y el desorden que desde entonces han generado los desarrolladores de vivienda por años, caos que siguió en las administraciones subsecuentes.

Otro notable bando que expidió López Obrador fue el que le permitió la construcción de los segundos pisos, después de la negativa de la Asamblea Legislativa que privilegiaba el desarrollo del transporte público. Así, en sus tres primeros años de gestión, AMLO emitió 23 bandos. En vano fueron los esfuerzos de la Asamblea por decretar la ilegalidad de los mismos. Gobernar mediante bandos fue la manera de crear ordenamientos jurídicos al margen de las instituciones, en este caso, la Asamblea del DF.

Si gana la Presidencia, ¿emitiría López Obrador bandos por encima del Congreso? Sin ser abogado constitucionalista, me parece que no estaría permitido. Sin embargo, AMLO puede encontrar el camino para poder hacerlo dentro de su concepción del presidencialismo absoluto que defiende a la usanza del viejo PRI.

Es por ello que ha señalado con vehemencia que requiere que Morena tenga la mayoría en el Congreso. Así no tendría que buscar “hacer leyes paralelas” a través de bandos arbitrarios, pero le permitiría hacer leyes a modo sin contrapesos.

Finalmente, lo que importa de un eventual triunfo de López Obrador es que dé certidumbre de que tiene un compromiso irrestricto con el Estado de Derecho. Desafortunadamente, su comportamiento pasado y sus declaraciones en esta campaña no han abonado a que se tenga certidumbre de que respetará el Estado de Derecho.

Un dato curioso: en caso de ganar, López Obrador sería el cuarto presidente de apellido López. Tenemos a Antonio López de Santa Anna, el peor dictador, traidor y tirano en la historia de los presidentes de México. Después está Adolfo López Mateos (1958-1964), un presidente del PRI fuerte de la “época dorada” del nacionalismo revolucionario. Finalmente está José López Portillo (1976-82), el populista corrupto de triste memoria, artífice de crisis económicas. ¿Este López se parecería a alguno de estos tres?

[email protected]