Pedro Sánchez declinó invitar a Podemos después deL G7

Esta misma semana Pablo Iglesias (Unidas Podemos) se dirigía a Pedro Sánchez (PSOE) desde la tribuna del Congreso reprochándole su falta de atención. Reprochándole que, después del verano, no se haya dignado ni a telefonearle. Ni una miradita de cariño, ni el más mínimo detalle.

¿Qué ha pasado en estas últimas semanas para que Pedro Sánchez le haya retirado el pan y la sal al que, según la intelectualidad naif, estaba llamado a ser su socio en un hipotético gobierno progresista? Pues que el pasado 25 de agosto Pedro Sánchez acudió a Biarritz a la cena de gala de la cumbre del G7 y allí tuvo tiempo de hablar con Emmanuel Macron sobre su futuro y el de una nueva Europa fuerte. Y se convenció de que, en ese proyecto, el populismo sin cabeza que representa Pablo Iglesias no tiene cabida.

No tiene cabida la heterodoxia económica que funde las haciendas públicas, ni las alianzas extravagantes que cuestionan el humanismo europeo, ni los delirios antisistema que abrasan el emprendimiento, ni los nacionalismos rupturistas que necrosan la sociedad. Ni Europa ni España están para experimentos.

En la Europa fuerte que Macron le dibujó a Sánchez —y en la que le ha invitado a participar—, con pilares sólidos para enfrentarse a retos futuros como el cambio climático, la lucha contra la desigualdad, la defensa del libre comercio o la transformación digital, e inmediatos como el Brexit, la desaceleración o las migraciones, no caben ejecutivos inestables como el que pudiera garantizar Pablo Iglesias.

El comunismo (y Podemos es comunismo con una mano de purpurina), que tan buenas intenciones gasta sobre el papel, tiene históricamente una capacidad innata para agravar todos los problemas contra los que dice luchar. Jibariza la creación de riqueza, con lo que su ideario de redistribución de la misma es un sinsentido. Y abona esa miseria que multiplica el desastre medioambiental o la ausencia total de derechos, entre ellos los de la mujer. Cuando las sociedades se empobrecen, queman lo primero que tienen a mano para calentarse y en estados de necesidad cualquier reivindicación, por muy justa que sea, pasa a ser accesoria.

Sánchez intentará buscar esa estabilidad que le reclama Europa y un nuevo perfil de estadista que no había tenido hasta ahora. Podrá intentarlo con Ciudadanos si la formación de Albert Rivera no se hunde hasta la insignificancia.

Confía en que, llegado el momento, esta vez los naranjas no podrán darle la espalda y le ofrecerán, animados desde muchos ángulos de la sociedad civil productiva, el respaldo que ahora le han negado.

Y podrá intentarlo también con el Partido Popular. Podrá ofrecerle una gran coalición a la alemana capaz de responder a todos esos retos que este verano le describió Macron. Dicen que ya ha habido algunos contactos de tanteo informal y que han oído al propio Pablo Casado decir que, si llega el momento, él sabrá desbloquear la situación.

Esperemos que no sea sólo un fuego de artificio y que sea posible acabar con el bloqueo. Queremos formar parte de esa nueva gran Europa verdaderamente progresista que relata Emmanuel. Por soñar que no quede.