El 9 de noviembre de 2005, Sayida al Rishawi y su marido, Ali Hussein al-Shamari, llenaron sus ropas de explosivos y se dirigieron al hotel Radisson de Amán, la capital de Jordania. Él se hizo estallar, matando a 38 personas. A ella se le atoró el detonador y no pudo volarse en mil pedazos, llevándose con ella más vidas humanas, como era su deseo.

Pocos años después, Sayida confesaría lo que hizo ante las cámaras de la televisión jordana, ante una audiencia estupefacta, que jamás había presenciado algo similar. Dijo con frialdad, sin ofrecer ninguna muestra de arrepentimiento, que antes del hecho había echado un vistazo al salón principal, en donde se estaba efectuando una boda musulmana, y, asentó, había niños, mujeres y hombres .

Esta dulzura de mujer es la que quieren de vuelta los terroristas del Estado Islámico (EI), y en su nombre ya empezaron a matar. Después de acabar con la vida de Haruna Yukawa, a finales de enero, hicieron lo mismo con el reportero Kenji Goto, ambos japoneses. Primero pidieron 200 millones al gobierno nipón por liberarlos, y luego, sabiendo que jamás obtendrían ese dinero, acabaron con la vida del primero, para presionar para la liberación de Sayida a cambio del segundo, y de un piloto jordano, Moaz al Kasasbeh, de quien finalmente se supo ayer, por un video subido a la red, que había sido quemado vivo desde el 3 de enero (así que, además de todo, el EI estaba blofeando al querer negociar con la vida de alguien que ya había asesinado).

Jordania, que retiene a la mujer terrorista, ha prometido ejecutar la sentencia de muerte contra ella, que data de 2011, en horas (es posible que, de hecho, ya se haya efectuado). Pero hace apenas unos días ese país había dicho que estaba dispuesto a liberarla a cambio de la vida del piloto, contrario a lo que hizo Japón, que se adscribe a la doctrina de cero negociación con terroristas.

El Estado Islámico quiere a Sayida porque es hermana de Mubarak Atrous al Rishawi, la mano derecha del fallecido Abú Musab al Zarqawi, el heredero ideológico de Osama Bin Laden en Irak. Pero estos episodios, sumados a las ejecuciones de ciudadanos estadounidenses y británicos por el EI en meses pasados, han revivido la vieja y casi insalvable discusión sobre qué se debe hacer en estos casos.

La doctrina de no negociar con terroristas parte de la evidencia empírica de que dicha solución , que efectivamente puede salvar vidas en el momento presente, no lo hace en el mediano y largo plazos, pues convierte a la industria del secuestro en algo cada vez más difícil de combatir.

Los miembros del G8 se comprometieron en 2013 a no pagar rescates de sus ciudadanos, aunque casi todos han pagado en algunas ocasiones, o han negociado con terroristas a través de intermediarios. Japón lo ha hecho en el pasado y, aunque digan lo contrario, Francia, Italia, España y Alemania en los hechos pagan rescates.

Según diversos reportes, los grupos que cometen los secuestros ya saben qué países negocian y cuáles no lo hacen, como Gran Bretaña y Estados Unidos. Como resultado, de los 53 huéspedes que ha tomado Al Qaeda desde 2005, sólo tres eran estadounidenses. A su vez, Newsweek y el New York Times han informado que la industria del secuestro ha significado para los diferentes grupos integristas un negocio de $170 millones de dólares desde 2008, en países como Yemen, Mali, Somalia o Nigeria. En un editorial, el Times lo explica de esta manera: Europa se ha convertido en una fuente indirecta de financiamiento para los terroristas .

Y el Estado Islámico es muy, pero muy distinto que Al Qaeda. Con el grupo fundado por Osama bin Laden podía quedar algún resquicio de esperanza para sus secuestrados. Al menos de que podrían no ser tratados con la mayor crueldad posible. Pero el EI ha demostrado que en su estrategia de sembrar el terror no conoce ningún límite, sobre todo después de haber quemado vivo al piloto jordano. Por ello, lamentablemente, veremos más rehenes, asesinatos y decapitaciones. Y esto llevará a una tensión extrema a quienes impulsan la doctrina de no pagar a terroristas.

Cuando sucede un evento de este tipo los gobernantes se ven expuestos a una presión extraordinaria por parte de la opinión pública, los familiares de los rehenes y la oposición. Es lo que le pasó al primer ministro japonés Shinzo Abe en estos días: el episodio de sus ciudadanos muertos fue la mayor crisis en los dos gobiernos que ha tenido.

Y es que es imposible explicarle a los familiares de rehenes que en el largo plazo el no financiamiento a terroristas salvará vidas. Se trata de seres humanos, de hijos, padres y hermanos de alguien, no de estadísticas. Pero aún así hay quienes, siendo familiares o incluso rehenes, comprenden el doloroso trasfondo.

Nadie puede dar mejor testimonio de esto que quien pasó siete meses secuestrado por islamistas radicales (en este caso talibanes) en Afganistán. Habiendo vivido todo en los momentos de su captura (como el arrepentimiento de haber arriesgado tanto, dado que su esposa e hijos lo esperaban en casa), el periodista David Rohde, quien finalmente pudo escapar de sus captores, se preguntó en un artículo reciente si Estados Unidos había contribuido a la muerte de James Foley, otro reportero decapitado por el Estado Islámico. Y empieza diciendo que el asesino y su grupo terrorista son los responsables, y ellos deben de ser los depositarios de la ira del público .

Rohde recuerda que Estados Unidos, así como Gran Bretaña e Israel, se han rehusado a pagar rescates por secuestros de sus ciudadanos. Incluido el mío , dice. Lo hace sin tono de queja, con un hondo entendimiento de todo lo que está en juego detrás de esa decisión. No hay respuestas fáciles en estos casos –concluye–. Pero un país no puede permitir que los grupos terroristas controlen su política exterior .

Sin embargo, ante los macabros e inéditos acontecimientos que estamos atestiguando, como la reciente incineración en vida de un rehén, se han levantado voces autorizadas a favor de terminar con la política de no pagar rescates, y por ello es preciso profundizar en el tema. La semana entrante analizaremos más sobre esta doctrina, que hoy está puesta en duda ante un enemigo tan salvaje y desalmado de la civilización, como no se había visto desde, quizá, siglos enteros.