Casi todos los años, cuando conmemoramos la independencia de México, escuchamos o leemos reflexiones acerca de lo que, en principio, algunos creen que debiera abarcar la independencia de nuestro país.

Recientemente, dos temas han vuelto a colocarse en la discusión respecto a si México realmente tiene independencia y soberanía: estos son el tema alimentario y el científico.

En ambos conceptos, subyace una idea que resulta profundamente arcaica: que existen hoy productos o recursos que deben ser estrictamente producidos en el país, porque en caso de que provengan del exterior, ello nos hace susceptibles de presiones o controles de fuerzas (abiertas u obscuras) que pueden así controlar el destino del país.

Cuando se habla de la “soberanía alimentaria”, se hace referencia por ejemplo a la necesidad de que el país produzca todo el maíz que consumimos y que es inaceptable que una parte importante del maíz se importe.

Y cuando se habla del de una “soberanía científica, aparentemente se refiera a la necesidad de producir todo el conocimiento y del desarrollo tecnológico dentro del propio país y que esté orientado a atender los problemas específicos (y aparentemente “únicos”), que el país enfrenta.

Ambas premisas parten de conceptos que hoy, en un entorno global, no tienen fundamento. Porque en primer lugar supondrían que, por ejemplo, hablando de la alimentación, existirían mecanismos potenciales y reales para el caso de México, para bloquear el acceso a las importaciones de productos de consumo o que estos fueran adquiridos en condiciones negativas.

En este sentido, uno de los aspectos más relevantes de la ampliación del comercio internacional y la globalización asociada, es que los países pueden optar por canalizar sus recursos productivos hacia aquellos sectores en que son más competitivos, generan más valor y, apoyados en una adecuada política pública, pueden contribuir mejor a un crecimiento económico más equitativo y sostenible.

Dejando de lado el hecho de que la mayor parte de la importación de maíz es para alimentación de ganado, no hace ningún sentido económico (excepto el autoconsumo que no debiera ser un objetivo), que las los productores agrícolas en México, de la escala que sean, deben producir un producto poco competitivo y menos rentable y que además puede ser adquirido de forma más económica con otros productores internacionales.

Por lo que se refiere a la ciencia y la tecnología, el tema resulta aún menos factible. El conocimiento científico y el desarrollo tecnológico son acumulativos; se construyen con base en desarrollos previos que generan la posibilidad de nuevos descubrimientos y avances. O, como en muchos casos gracias al método científico, a partir de la revisión y de la refutación de ideas previas.

Pensar que el pensamiento científico puede ser autocontenido a un solo país, implicaría en primer lugar que no se requiere conocer los desarrollos que en distintos campos se lleva a cabo a nivel mundial y que, además, en un periodo corto, seríamos capaces de desarrollar las capacidades de desarrollo científico y tecnológico que nos permitieran ser autónomos.

Independencia no es autarquía. En un sentido nacional, la independencia simplemente se refiere al hecho de que un país no sea gobernado o dirigido por otro.

Resulta complicado y potencialmente desastroso para el desarrollo futuro, pretender normar la vida económica y política a partir de conceptos arcaicos que, aunque románticos, son claramente inoperantes.

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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