Una de las más importantes ventajas de votar por la coalición Juntos Haremos Historia fue el modelo económico que quiere implantar, al que no se le ha hecho propaganda. Me estoy refiriendo al modelo distributista, que podría disminuir sustantivamente la desigualdad en México. El distributismo ha sido defendido por G. K. Chesterton, Hilarie Belloc, Dorothy Day, Schumacher en Lo pequeño es hermoso y, en México, Gabriel Zaid. Este modelo aboga por lo pequeño, para hacer más humana nuestra economía y una comunidad más vivible. Aboga por las pequeñas empresas, las pequeñas escuelas, los pequeños hospitales y un gobierno más reducido a favor de la gente. Aunque el distributismo pasó desaparecido para la economía de los años 40, cuando fue la época de apogeo, es un modelo a nuestro juicio totalmente aplicable a México.

El gobierno de AMLO ha hecho una clara apuesta por las pequeñas y medianas empresas, a través de créditos accesibles y el desarrollo a gran escala del campo y la agroindustria. Prefiere la humanidad a los sectores más dinámicos de la economía, más productivos, con mayor tecnología, pero dando lugar a la gran empresa que los distributistas identificaron como el enemigo a vencer junto con el capitalismo desaforado y el socialismo, que se debatían por una lucha sin cuartel a finales de los años 20 y 30. El distributismo opta, como su nombre lo indica, por la mayor difusión posible de la pequeña propiedad —de ahí su nombre— entre toda la población y apostando por el sector agroindustrial y la partición del dominio en nombre de las grandes empresas, para evitar la deshumanización por lo grande que existía y la Escuela de Chicago ha desarrollado con mucho ímpetu, poniendo la base del desarrollo económico en la innovación, sin preocuparse en los efectos de las grandes empresas sobre la sociedad.

Algunos pensadores de EU han publicado varios libros sobre el pensamiento distributista de lectura obligada: El Estado servil de Belloc, Los límites de la cordura (donde Chesterton hace un análisis de la viabilidad de sus propuestos), The Third Way del propio Chesterton y de León XIII, en su encíclica Rerum Novarum donde habla sobre la necesidad de reconocer a la propiedad como un derecho natural, y lograrlo de la manera más difusiva que el Pontífice desarrolla en contra del capitalismo manchesteriano y el socialismo. Chesterton desarrolla estas ideas proponiendo un programa de gobierno y el interés de ir transitando a este modelo paulatinamente. El PIB y la innovación nos han hecho pensar que son los fines últimos de la economía, pero de lo que se trata es de hacer más humana la economía a través de un enfoque social con la propiedad privada distribuida en toda la población y la familia natural, sin olvidar que la familia es la célula de la sociedad y el fin de la economía es el bienestar humano y social. El tamaño de las empresas sí importa, porque llevan al poder dominante de las mismas, y desestabilizan todo el tejido social, lo que se puede lograr a través de la política de competencia, menos apoyada en la eficiencia económica, y más en el desarrollo de los pequeños negocios. Si López Obrador desarrolla algo parecido a este modelo el centro de atención de la economía volvería a ser más humana y repartida, recuperando el fin que tiene ésta en nuestro país y disminuyendo el afán por la gran empresa, regresando a la política de competencia en que había que desarrollar, hacer discriminaciones positivas a favor de las pequeñas y medianas empresas, como desarrolló la jurisprudencia americana en los años 50 y 60. Si así sucede, habrá valido la pena el gobierno de López Obrador.

*Máster y Doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.