En un libro de lectura ineludiblemente obligada, tan inquietante como útil, El fin del trabajo, Jeremy Rifkin intenta demostrarnos que estamos iniciando una nueva fase de la historia humana, caracterizada por lo que ya parece una permanente e inevitable decadencia de lo que hasta ahora entendíamos por trabajo.

Las actuales cifras de desempleo, a escala mundial, son las mayores desde la gran depresión de los años 30. El número de personas infraempleadas o que carecen de trabajo está creciendo a un ritmo vertiginoso, debido sobre todo a los millones de recién llegados al mercado laboral que se están convirtiendo en víctimas propiciatorias de una nueva revolución tecnológica. Y los más sofisticados ordenadores, la robótica, las telecomunicaciones y otras formas de alta tecnología están sustituyendo rápidamente a los seres humanos en la mayor parte de los sectores económicos.

En otras palabras, la gran mayoría de los trabajos van a desaparecer para no volver nunca jamás, de manera que el mundo acabará polarizándose en dos fuerzas, en dos tendencias potencialmente irreconciliables: por una parte, una élite bien informada que controlará y gestionará la economía global de alta tecnología, y, por otra, un creciente número de trabajadores permanentemente desplazados, con pocas perspectivas de futuro y aún menos esperanzas de conseguir un trabajo aceptable en un mundo cada vez más automatizado.

Partiendo de todo eso, Rifkin afirma que deberíamos empezar a plantearnos la existencia de la era posmercado, es decir, la que estamos empezando a vivir, pensar en formas alternativas a los planteamientos más habituales en torno al trabajo, poner en marcha nuevos modos de generación de ingresos y de reparto del poder, y generar una mayor confianza en el tercer sector, que a su vez deberá permitir la reconstrucción de nuestras comunidades y nuestras culturas. Si bien el fin del trabajo puede suponer el final de la civilización tal como la hemos conocido hasta ahora, quizá también sea el inicio de una gran transformación social que traiga consigo el renacimiento del espíritu humano.

Ante ello, Peter Drucker Drucker opina que cualquier teoría económica que parta del equilibrio como objetivo deseable ha quedado obsoleta. Es el crecimiento económico el concepto nuclear alrededor del cual se debería construir la nueva teoría económica. Por tanto la innovación habría de tratarse como la causa del crecimiento y al empresario como agente principal. El economista Joseph Schumpeter había anunciado todos estos aspectos antes de la Primera Guerra Mundial. La teoría necesaria ahora tiene que partir del cambio en la capacidad de producción de riqueza de los recursos económicos, más que en intentar replantear su utilización.

Un conjunto de discontinuidades, analizada es la que se refiere a la sociedad y a la política. De una sociedad liberal individualista surgida en el siglo XVIII hemos pasado a lo que Drucker llama una sociedad y una política pluralista, donde las tareas y misiones sociales de cierto relieve son realizadas por instituciones organizadas y dirigidas por profesionales: los directivos.

En 1969 existía un contexto histórico que hacía ineludible repensar la nueva realidad socio-política. ¿Qué quiere decir Peter Drucker cuando afirma que la nueva sociedad es una sociedad pluralista, una sociedad de las organizaciones? Que en vez de existir un único centro de poder, el Estado, la nueva sociedad se caracteriza por tener repartido el poder en múltiples centros fuera del Estado e independientes de él.

La nueva sociedad pluralista exige directivos y trabajadores formados, dotados de conocimientos, que se enfrenten a los interrogantes sobre la legitimidad de la autoridad, la legitimidad de las decisiones, la eficacia en la organización. Interrogantes englobados por Drucker en la esfera de la administración y gerencia. El Bajío, como la parte de México que más ha crecido y la revolución de la Industria 4.0 no deben hacernos olvidar que lo importante no es la tecnología, máxime una que va a desplazar trabajo humano, sino la innovación social que crean las instituciones, especialmente las del tercer sector o sin ánimo de lucro, en la que el Bajío debe crecer intensamente en cantidad y en calidad, más que en robots que nos coloquen en la boca el refresco. Si quiere adquirir el liderazgo social, más importante que el económico, pues sin el primero el segundo se vuelve inútil.