Muchos cambios a las leyes que hace, o que intenta, la 4T se hacen desde la ignorancia, pero nunca desde la inocencia. Hay una clara intención de desmantelar a las instituciones que dan estabilidad económica, social, política y demás, en nuestro país.

Centralizar el poder y hacer a los ciudadanos dependientes de las decisiones y las dádivas de un poder central. Esas calamidades que México había superado ya, hoy se buscan reinstaurar a un costo altísimo para la estabilidad.

La concentración del gasto público en torno a los programas asistencialistas del gobierno se ha dado sin la mayor oposición. Básicamente porque no existe una oposición con fuerza y con el entendimiento suficiente para frenarlo.

La mayoría en el Congreso del presidente Andrés Manuel López Obrador le ha permitido llegar al extremo de extinguir fondos y fideicomisos para manejar una gran bolsa de recursos con total discrecionalidad. Esa pinza de la dependencia económica de millones de personas ya la ha cerrado la 4T.

La otra, la del desmantelamiento institucional está en marcha. Es la que más calamidades puede traer al país y la que también ha encontrado alguna resistencia.

El reciente intento de vulnerar la autonomía del Banco de México y abrir la puerta de par en par a los lavadores de dólares en la economía mexicana ha sido un buen ejemplo de cómo aun con todo el poder, todavía queda un poco de resistencia del sentido común en México.

No sólo pasó sin dificultad alguna por la Cámara de Senadores, sino que además hubo un claro intento gubernamental de que la historia no llegara a la población. Muchos medios callaron como momias, pero el tamaño de la aberración superó la mordaza y con la ayuda de las benditas redes sociales al menos se dejó en evidencia a sus promotores y los daños, lo que los hizo recalcular sus riesgos políticos.

Pero el intento de desmantelar todos los avances que ha tenido el país se mantiene.

Y entre sus víctimas más notables, por el tamaño del daño que se puede provocar está, además del Banco de México, el Instituto Nacional Electoral y sin duda el Poder Judicial.

A México le costó un par de generaciones salir de las ocurrencias del populismo de los años 70 y 80, pero se logró construir una cimentación institucional que, a pesar de malos gobiernos, ha hecho de la economía mexicana una resistente y confiable para el mundo.

Pero golpear esos fundamentos para copiar esos fracasados modelos unipersonales de algunos países sudamericanos, puede ser la condena para que México se mantenga en la oscuridad por décadas.

Los países pueden resistir las ocurrencias, mientras éstas no dinamiten los fundamentos del país. Las buenas intensiones de transformación no pueden permitir, mucho menos fomentar, la destrucción de las instituciones.

México tiene un gobierno que polariza, que quiere dividir entre los que le siguen, que gozarán la categoría de ser los buenos, contra los que se oponen, que evidentemente serán los villanos.

Las instituciones lo que permiten es que ese maniqueísmo no rompa los equilibrios de una nación que va mucho más allá de la visión de un grupo que estará temporalmente en el poder.

ecampos@eleconomista.com.mx

Enrique Campos Suárez

Conductor de Noticieros Televisa

La Gran Depresión

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México, con especialidad en finanzas por el Instituto Tecnológico Autónomo de México y maestro en Periodismo por la Universidad Anáhuac.

Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

Es un especialista en temas económico-financieros con más de 25 años de experiencia como comentarista y conductor en radio y televisión. Ha formado parte de empresas como Radio Programas de México, donde participó en la radio empresarial VIP. También formó parte del equipo directivo y de talento de Radio Fórmula.

Lee más de este autor