Sin duda, corrupción e impunidad son una maldición siamesa: ambas se alimentan mutuamente. Como si se tratara de una plaga bíblica, ambas se gestan y operan en las zonas clandestinas de la vida social carcomiéndolo todo. Bien sabemos que esos males a toda costa deberían estar proscritos de nuestro sistema político, dado el daño que de manera orquestada ocasionan a los fondos del gasto público.

Sin embargo, algo ocurre en nuestro país que siendo la corrupción y la impunidad fuente de tantos agravios, parecieran contar con buena salud, especialmente en casos como los del ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte quien al día en que esto se escribe, continúa prófugo de la justicia, acusado de ser el principal perpetrador de unos de los más grandes desfalcos al erario de un estado del país.

La trama del escándalo raya en lo demencial, esto sí pensamos en la forma indignante en la que el ex gobernador articulaba -como hasta ahora las pesquisas lo indican- los fraudes. Mansiones, autos, departamentos de lujo, más de 112 cuentas bancarias, negocios diversos, son sólo algunos de los elementos de escándalo a los que por desgracia los mexicanos estamos acostumbrados a escuchar desde ya tiempos inmemoriales.

Y es que, si la corrupción en México tiene una cara, esa es la de la opulencia, los lujos exagerados e inocultables que de manera gradual empiezan a poblar el entorno de vida de todos aquellos que incurren en el delito de la corrupción. Pareciera que la ostentación y el despilfarro formaran parte inevitable de la historia de todos aquellos que incurren en ese tipo de prácticas.

Es por ello que para todos nosotros resulta un espectáculo sumamente grotesco, la reciente presentación a los medios de comunicación de una parte de los bienes del ex gobernador de Veracruz en el municipio de Córdoba, en donde la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) encontró lo que ahora ha dado por llamarse popularmente –y con cierto escarnio- como los tesoros de los Duarte . Un final en verdad deleznable para una figura pública que tuvo en sus manos, los destinos de uno de los estados más ricos del país en términos de recursos naturales, pero por contraste, uno de los más pobres en términos de organización y distribución de la riqueza.

Tan sólo hay que hacer un arco mental para pensar en México como incluso las formas de asumirse de los corruptos ante el mundo se ha sofisticado. Hay un arco que puede ir de Arturo El Negro Durazo, figura emblemática y mítica del apetito por la acumulación enfermiza, quien se mandó a construir en Zihuatanejo a finales de los años setenta, el famoso Partenón con el dinero producto de sus desvíos administrativos hasta Karime Macías, esposa del ya aludido y prófugo ex gobernador Javier Duarte.

La ex primera dama de Veracruz, a decir de las evidencias encontradas entre los "tesoros de los Duarte", contaba con una fina libreta Mont Blanc, en donde escribió una plana con la frase "¡Sí merezco abundancia!". No cabe duda de que en el campo evolutivo de la corrupción como fenómeno social, ya existe toda una mística, una filosofía en la que sus actores, como lo es caso de los Duarte -a quienes por cierto y aún con todo su dinero, podemos considerar muertos socialmente hablando- habían generado mantras o letanías de auto convencimiento para desde ahí, justificar toda tropelía, esto por encima de la decencia obligada como norma en todo servidor público.

La pregunta adecuada en un caso como el que nos ocupa, es precisamente esa ¿Cuándo los mexicanos nos acostumbramos a esas terribles desviaciones? La sociología política ya ha tratado de muchas maneras, de ofrecernos respuestas en lo que respecta a la manera en que dentro de un esquema prácticamente conspirativista, algunos malos funcionarios establecen los pesos y contrapesos necesarios para de manera criminal, saquear los bienes del país. Y la verdad, es que como sociedad nunca nos hemos acostumbrado ni a las prácticas corruptas de los malos funcionarios, ni al esquema de impunidad que resulta necesario para que sea funcional el ejercicio corruptor.

Casos como los del gobernador prófugo, nos ponen en perspectiva para darnos cuenta de los mucho que aún nos falta avanzar para generar estrategias que desde la política y desde los organismos judiciales y punitivos del país, se pueda impedir este tipo de situaciones. No es casual que en el mundo estén surgiendo en este momento, y especialmente en Latinoamérica, corrientes sumamente agresivas para frenar la corrupción y la impunidad, como el mandato que le cobija. En nuestro país empiezan a a hacer eco esas ideas, mismas que exigen castigos más fuertes y la intención incluso, de tipificar el delito de la corrupción como una amenaza a la seguridad nacional. A ese nivel hemos llegado, y casos como el de los Duarte, nos obligan a meditar que es más que justa esa exigencia; en un país donde impera la miseria en muchas latitudes, esto es simplemente insostenible.