La sentencia al grupo de agresores autodenominado la Manada, en España, ha provocado una reacción de indignación masiva que sugiere un significativo cambio social. Las manifestaciones contra la sentencia por “abuso sexual”, cuando se trató de una violación múltiple, han puesto en cuestión no sólo la práctica de los jueces sino también la tolerancia social hacia la violencia sexual, manifiesta en justificaciones que en este siglo, aluden a la falta de resistencia de la víctima, a un supuesto consentimiento implícito o, peor, a la inocencia de los agresores.

Es alentador el rechazo masivo a este doble agravio, a la víctima y al sentido de la justicia. Muestra el hartazgo creciente de las mujeres ante el derecho patriarcal que minimiza el atentado a la libertad y la vida de las víctimas, niega su dolor y recurre a tretas diversas para reducir la responsabilidad de los agresores, aun cuando el guión depredador y deshumanizante de su conducta sea evidente. Al mismo tiempo, tras décadas de denuncias y estudios sobre la violencia sexual y la violación, resulta frustrante e insoportable que muchos jueces sigan sin entender lo que éstas significan y haya quien defienda a los agresores y descalifique la palabra y el sentir de las mujeres violadas.

La persistencia de un concepto machista de la violación puede explicarse por el peso de siglos de encubrimiento de ésta en la cultura, el imaginario social y en las leyes escritas e interpretadas por hombres, para hombres. En la literatura occidental, por ejemplo, la violación se ha asociado con la seducción o se ha silenciado bajo el manto del estigma o la máscara del amor. En las leyes, han tenido más peso el “honor” del hombre o de la familia que el dolor de la mujer; la apropiación de ésta por el marido que llevó a justificar “crímenes pasionales”, o la idealización del pudor y la virginidad que, como “bienes”, han de defenderse aun a costa de la vida.

Lo que no entienden los jueces españoles es que la violencia sexual, tumultuaria o no, puede paralizar a la agredida, dejarla imposibilitada de “defenderse” o, como plantea la antropóloga chilena Inés Hercovich, llevarla a optar por no “defenderse” para preservar su vida. Porque lo que está en juego no es sólo la “integridad” o la libertad, sino la vida misma. El miedo, dice Hercovich, es “cómplice” del agresor. No es sólo miedo a ser violada, lacerada y cosificada, sino terror a ser asesinada. Desde esta perspectiva, la víctima tiene derecho a hacer lo que sea necesario para salvar su vida, su bien mayor. De ahí que persistir en el enjuiciamiento a la mujer abusada o violada en función de su reacción bajo la fuerza bruta, de uno a varios individuos, y bajo la amenaza de muerte, sea hacerse cómplice de los agresores.

La sentencia ante las “hazañas” de la Manada, difundidas por ellos mismos, le dan la razón a Rita Laura Segato, quien plantea que la violación se inscribe en un modelo de masculinidad patriarcal en que los hombres constituyen fratrías unidas por pactos de violencia, y que la violación envía un doble mensaje: con ella el violador busca intimidar y subyugar a las mujeres, y confirmar a los demás hombres su pertenencia a la corporación machista. Que esta imagen arquetípica de la horda no es una mera translación anacrónica de la antropóloga argentina lo prueban, entre otras, la nueva denuncia de violencia sexual contra esos mismos “compadres” en España, o casos como el de los Porkys en Veracruz, y la subsecuente, vergonzosa, actuación judicial, o el de la joven violada en una telesecundaria en Puebla, que apenas se está juzgando.

El horror de quien vive violencia, con o sin abuso sexual, se trate o no de una violación, no puede seguirse minimizando ni excusando. La violación y su trivialización son intolerables. Lo es también que, allá y aquí, se siga formando y dando autoridad como abogados y jueces a hombres y mujeres ignorantes, sin sentido común ni ética, por no hablar de perspectiva de género. Las universidades, allá y aquí, tienen una responsabilidad social que no pueden seguir eludiendo.

lucia.melgar@gmail.com

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).