Imaginen este diálogo entre un humano de la antigüedad y una planta: Humano: ¿Qué pasa si te como? Planta: Te vas a zurrar una semana y te vas a morir. H: Y si me como, digamos, ¿media hoja? P: Supongo que te zurrarías un poquito. H: ¡Oigan todos, encontré un remedio para el estreñimiento! P: ¡Diablos!... Puede no ser muy bueno como chiste, lo sé, pero es una perfecta analogía para ilustrar nuestra milenaria curiosidad por investigar el mundo de los venenos y sus antídotos. Tan antiguos como la civilización más antigua son los registros que existen sobre investigación con minerales, plantas y animales principalmente para usarlos de manera digamos más rotunda. Ya en el siglo I a. C. en el reino del Ponto, en lo que es hoy Turquía, Mitrídates V el Grande, Rey del veneno, tenía laboratorios donde se estudiaba sistemáticamente los efectos de lo que hoy conocemos como toxinas. Uno de los más tenaces enemigos del ya decadente imperio romano es considerado el padre de la toxicología.

El término toxina es usado desde finales del XIX para referirnos a una sustancia producida principalmente por seres vivos, utilizados como armas de ataque o defensa, y que produce reacciones muy específicas en el cuerpo de los que se ven expuestos a estas. Pongamos por ejemplo uno que vemos casi a diario en nuestras pantallas de televisión, el Botox o toxina botulínica. Un gramo de esta toxina basta para matar un millón de personas, pero refinada y en la dosis correcta la usamos para paralizar músculos específicos del rostro, en este caso para suavizar arrugas, pero también para tratar el estrabismo, los espasmos de párpados y recientemente se investiga su uso para problemas de migrañas, salivación excesiva e incluso hay estudios para usarlo como tratamiento para ciertos problemas causados por la esclerosis múltiple y la parálisis cerebral, aunque estos aún no concluyen.

Una fuente inagotable de toxinas proviene también de las serpientes. La víbora de fosas brasileña, Bothrops jararaca, utiliza un un cóctel de toxinas que contiene la molécula que nos dio el captopril, una droga que previene la hipertensión además de reducir el riesgo de daño vascular, renal o hepático, mientras que su prima de Malasia del mismo nombre, Calloselasma rhodostoma, nos dio una sustancia que previene la formación de coágulos y disuelve los que encuentra, otra gran ayuda para pacientes cardíacos. En otro vértice del espectro tóxico están las neurotoxinas, sustancias que se meten directamente con el sistema nervioso central y bloquean los receptores del mismo. De la mamba negra (Dendroaspis polylepis) y la cobra rey (Ophiophagus Hannah), hemos conseguido toxinas veinte veces más poderosas contra el dolor que la morfina, sin ningún efecto secundario a la fecha.

La lista por supuesto no termina ahí ¡apenas comienza! Un pequeño e inocente caracol marino, Conus magus, del que nadie lo creería nunca, inyecta un veneno que me podría matar en menos de 24 horas, y yo no me daría cuenta de nada porque una toxina del veneno que me inyectó es ¡mil veces más potente que la morfina! Hoy se comercializa como ziconitida, un tratamiento para casos de dolor agudo, usualmente en pacientes terminales. Si alguna vez has tenido una infección estomacal es casi seguro que ya conoces los efectos de las enterotoxinas o toxinas del tracto intestinal, lo que tal vez no sepas es que de las toxinas producidas por e. Coli hemos aislado dos péptidos que se comercializan exitosamente como remedios para el proverbial estreñimiento. La anémona Stichodactyla helianthus contiene en su veneno una toxina que promete resultados asombrosos en enfermedades autoinmunes, ya que ataca un cierto tipo de células T muy específicas y que son las principales causantes de los procesos inflamatorios. Los estudios en ratas de laboratorio son tan alentadores que ya se preparan con pacientes afectados de esclerosis, con pronósticos muy alentadores.

Un veneno como estos contiene decenas o cientos de toxinas con funciones muy específicas, lo que ofrece posibilidades casi infinitas de encontrar nuevos fármacos. De ahí la importancia de fomentar la investigación científica. Pero para encontrar toxinas hay que tener animales y plantas, y eso implica la conservación del hábitat de estas especies. Piensa en la cantidad de tesoros químicos que nos esperan en las espinas del pez león, el pulpo de anillos azules, una medusa desconocida todavía, un hermoso nudibranquio o una minúscula serpiente que aún no descubrimos. Y piensa cuántas vidas se podrían mejorar, salvar incluso, con la cantidad de toxinas que tienen para mostrarnos. Las posibilidades son infinitas.

Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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