La Copa del mundo de futbol es un eclipse que se presenta cada cuatro años para dejar sin luz a la cotidianidad.

A partir de mañana, Donald Trump será sustituido por Messi y Kim Jong-un por Ronaldo; las campañas electorales mexicanas permanecerán con respiración artificial hasta su muerte; y el regreso de Álvaro Uribe a la Presidencia a través de Iván Duque pasará inadvertido.

La tentación por el balón derrite a la política y excita al odio lúdico. Por ejemplo, el “no fue penal” (la estética histriónica del jugador Robben ante la falta cometida por Rafael Márquez en el partido de México frente a Holanda en el pasado Mundial), dejó una estela de odio en el entorno del holandés a través de un hashtag de destrucción masiva.

En una sola ocasión la guerra del futbol dejó de ser metáfora. Entre el 14 y 18 de junio de 1969, El Salvador y Honduras se bombardearon durante cuatro días. El azar jugó en contra suya, dos semanas después, hicieron la auténtica guerra del futbol. Ocurrió el 27 de junio en el partido eliminatorio para la Copa del Mundo México 1970. El Salvador se impuso 3 goles a 2.

Si Naciones Unidas se inspira en el mantenimiento de la paz, la Copa del mundo lo hace a través de la guerra. De ahí su atractivo. El futbol como la continuación de la diplomacia. Así no lo imaginó Barack Obama el día en que Joseph Blatter le negó la sede del Mundial a Estados Unidos que ahora celebra Rusia. El estadounidense, enfurecido, envió a sus agencias de inteligencia a Suiza para derrocar al presidente de la FIFA. Un episodio similar al que vivió el presidente de Guatemala democráticamente electo Jacobo Arbenz; en 1954 la CIA le aplicó un golpe sin anestesia.

Dos semanas atrás, Messi se despertó en medio de una pesadilla. Camisetas y fotografías suyas manchadas con catsup circularon en redes sociales. Palestina le declaraba la guerra del futbol a Israel por organizar un partido amistoso contra Argentina... en Jerusalén. Trump podrá mandar la mudanza de su Embajada a esa ciudad, pero con el futbol no se juega. Un estadio de futbol también es un lugar sagrado.

Ramzan Kadyrov seduce a Egipto a través del futbol. Se trata del líder checheno que invitó recientemente a la Selección egipcia a entrenar en Grozni. El futbol como campaña de relaciones públicas. Kadyrov intenta salir al espacio global del mundo musulmán, y el dictador egipcio Al Sisi tiene las herramientas necesarias para hacerlo.

El futbol entre dictadores resulta un gran distractor; el balón como retórica de Estado.

Para muchos, Maradona entró en la fase de la decadencia en el momento en que se convirtió en trofeo del eje chavista: Fidel, Hugo y Evo lo utilizaron para generar emociones donde no había motivos.

En México no se sabe aún qué resulta peor, el hartazgo hacia el PRI o hacia el entrenador de la Selección, Juan Carlos Osorio. Ambos no quieren saber de encuestas. La ventaja para el PRI podría ocurrir en caso de que no clasifique México a la segunda fase. En ese momento Osorio será el Robben de Rusia 2018.

En fin, llegó el momento de la guerra lúdica; del eclipse mundial que cubre lo cotidiano.

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.