Nunca pensé leer el último librito de don Julio Scherer, pero debo reconocer que corrí a comprarlo al mirar los comentarios elogiosos del autor y de su obra por parte de don Lorenzo Meyer y de doña Carmen Aristegui: el siempre intenso Julio Scherer, decano del periodismo mexicano , formula juicios contundentes , su trabajo es un arte , tiene autoridad para enjuiciar a personajes y eventos , legendario periodista mexicano de incisiva mirada , aporta testimonios demoledores , etcétera, etcétera.

Por principio de cuentas, nadie tiene autoridad para enjuiciar, más que Dios en el cielo y los jueces en la tierra, ¿o no?

En este mundo traidor nada es verdad y nada es mentira, todo es según el cristal con que se mira, escribió Ramón de Campoamor. Los tres individuos mencionados suelen usar el cristal izquierdo, eso ya se sabe.

Se ignora por qué el primero se afilió a tal enfoque, siendo nieto de consejero del Banco Nacional de México a fines del XIX y principios del XX, hijo de dueño de casa de Bolsa, residencia en San Ángel llena de objetos bellos.

En seguida, ruina económica de la familia. Quizá alrededor de esto último se encuentre el busilis del asunto.

Consta que don Julio desayunó cada semana, asiduamente, en el exclusivo y elegante Club de Industriales con el cerebro del sector privado mexicano, don Juan Sánchez Navarro, y dos individuos más de la misma calaña capitalista.

Tres preguntas muy sencillas sobre la obra: ¿por qué la obra se basa en el testimonio de resentidos con el Presidente y su gobierno?, ¿por qué, cobardemente, se publica al 5 para las 12 del sexenio y no cuando estuvieron disponibles las supuestas evidencias?, y ¿por qué los documentos probatorios no prueban nada?

De cuerpo entero se pinta el criticón profesional. Bastan 95 páginas para poner de asco a un Presidente.

El libro de marras -en efecto, se lee fácil y rápido, de lo malo, poco y por encimita- es un libelo porque denigra, es un panfleto porque agrede y es un pasquín por su ánimo sensacionalista, de tabloide, que caracteriza a la mayoría de las obras del autor.

Si éste hubiera escrito, ya no un librín sino un simple artículo en El Universo de Ecuador, ya habría sido quemado en leña verde.

Que aprecie don Julio lo que es libertad de expresión. En su caso, de vergonzosa, para él, difamación.

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