Entre guerras y elecciones, la pasión por el Mundial sigue monopolizando los titulares internacionales. Si alguien, a pesar de todas las evidencias, sigue con la ilusión de que no se trata de un evento político que refleja y amplía la situación internacional, puede constatarlo en el recorrido hasta los octavos de final del Mundial de Rusia. Basta con ver el uso del evento que está haciendo V. Putin.

Se trata de una inversión para mejorar la imagen de Rusia, muy dañada en Occidente. Por eso, la razón de ser sede de un megaevento internacional es estratégica.

Hasta ahora, parece que todo ha funcionado bien para Rusia. Quizás, para evitar ser vinculado a los fracasos esperados, y que hasta el momento no han ocurrido, el presidente Putin no ha asistido a ningún partido desde la de apertura en la que vio a su Selección derrotar a Arabia Saudita de forma aplastante.

Al momento, Putin ha recibido a no menos de 16 jefes de Estado o de gobiernos provenientes de África, América Latina y Asia; al día de hoy resulta conspicua la ausencia de representantes europeos.

Antes de que iniciaran los partidos de octavos de final, ya habían estallado algunos pequeños escándalos. Por ejemplo, fotografías de dos jugadores de origen turco de la Selección alemana junto al presidente Erdogan o de M. Saleh, con el controvertido presidente de Chechenia, una república musulmana y rebelde de la Federación rusa.

También está el caso de los dos jugadores de origen albano-kosovar, Xhaqa y Shaqiri, que forman parte del equipo nacional suizo que al vencer a la Selección serbia formó con sus manos el águila bicéfala albanesa.

Ambos están siendo investigados por la FIFA por haber provocado al público. Los problemas de los Balcanes también aparecen con el capitán del equipo croata cuyo brillante desempeño hizo olvidar los problemas judiciales que tiene en su país por complicidad de corrupción.

Para algunos países su participación constituye una hazaña, como es el caso de Costa Rica, Panamá y sobre todo Islandia, un país de 400,000 habitantes.

En otros casos, los resultados del Mundial les permitieron fortalecer su frágil orgullo nacional, como Bélgica, Colombia, o, incluso de manera efímera, México y Corea después de sus victorias contra Alemania.

Para otras selecciones, como la polaca, sus derrotas incrementaron el sentimiento de frustración que ya se expresaba en otros campos.

También es notable que no llegara ninguna Selección africana hasta los octavos de final. Lo mismo pasa con los equipos árabes, Arabia Saudita, Marruecos y Túnez.

Para Egipto, el país árabe con mayor número de habitantes, 90 millones, y con su estrella mundial, Saleh, la decepción fue grande. Desde el 2012, el público egipcio no puede asistir a partidos en estadios nacionales por miedo a la violencia política latente.

Al gobierno iraní le hubiera beneficiado una buena participación frente a los múltiples problemas que tiene. Sin embargo, su Selección obtuvo resultados mediocres.

Veremos si el próximo Mundial en Catar revierte esta frustración, sin embargo no es seguro a la vista de los problemas que ya se vislumbran para el minúsculo emirato. El Mundial acerca los pueblos pero amplía las divisiones dentro de ellos, en caso de mal desempeño.