El proceso electoral 2014-2015 muestra un horizonte político, pero únicamente en favor de los propios políticos. El paisaje es desalentador. En la antesala de los que quizá sean los comicios más complejos de la historia moderna, en medio de una inédita y justificada antipatía ciudadana frente a los partidos políticos, la moraleja es que aún no estamos a la altura de la democracia eficazmente representativa, y el chapulinismo se impone.

Sigue en aumento el avorazamiento de aspirantes en torno a cargos públicos o de representación popular. Su aspiración y rapacidad son contrarios a los valores cívicos y al bien común de los ciudadanos. Las duras lecciones que han dejado hechos recientes, como los protagonizados por presuntos delincuentes disfrazados de alcaldes, gobernadores, legisladores y servidores públicos, no parecen estar siendo aprendidas. Pese a los anhelos ciudadanos y a la disposición de los consejeros del flamante Instituto Nacional Electoral, la radiografía electoral no muestra mejoría, particularmente en una parte crucial del proceso: la selección de candidatos.

La partidocracia queda al desnudo, dejando ver intereses y enconos incompatibles con principios democráticos. Son nulas la credibilidad, certeza, transparencia, rendición de cuentas y congruencia. Reclutadores y aspirantes prefieren desarrollar otras aptitudes. Por ejemplo, manifiestan inclinaciones mercantiles cuando su lógica se basa en lo que te debo y lo que puedes darme , o cuando la conservación del registro y el crecimiento de porcentajes con miras a obtener mayor financiamiento se convierten en objetivo central, dejando lejos, muy lejos, los talentos y compromisos sociales.

También están los que expresan su faceta artística. Según las circunstancias, los interesados en contender en los próximos comicios son capaces de ejecutar rítmicos danzones protagonizados por delegados capitalinos desesperados por ser legisladores, y legisladores que ensayan coreografías para ser delegados, gobernadores, alcaldes o funcionarios públicos.

La ecología es otra de las inclinaciones de los actuales protagonistas de la política nacional. En particular, los reclutadores de candidatos han demostrado su habilidad para aplicar la tres erres del ambientalismo: reducir (el universo de aspirantes), reutilizar (candidatos) y reciclar (legisladores).

Dirigentes y gobernantes desempeñan un rol institucional pero, simultáneamente, por debajo de la mesa mueven hilos políticos a su mera conveniencia. El dividido PAN, con la carga echada hacia el grupo en el poder. El convulso PRD, con varios taches en sus recientes ofertas de candidatos. Ambos sufren candidaturas frustradas por el fuego amigo.

El PRI, inclinado al uso de programas sociales para apoyar candidatos y con gobernantes afectos a imponer sucesores que les cubran las espaldas. Partidos menores como el PVEM, que en aras de seguir vigente en el dadivoso sistema, hoy está con él y mañana con aquél, o el Movimiento Ciudadano que pregona el rechazo a los políticos, mientras se beneficia del sistema de partidos.

Todos ponen

Para desgracia de esos políticos, la democracia no se manifiesta por decreto. La ciudadanía exige total fiscalización y novedosas reglas para bloquear la mapachería mexicana y convertirla en triste recuerdo. El compromiso democrático es una realidad o no es nada. En la perinola electoral, todos ponen, aunque algunos le apuesten al toma todo.