Las campañas se difuminaron en canchas rusas. Votamos más de 45 millones de mexicanos. Las encuestas de salida dijeron, los conteos rápidos corrigieron, el PREP definió. Los perdedores aceptaron, los ganadores celebraron. Casi parece que México tiene una democracia madura y funcional.

Encuestas que sí miden

Las encuestas, que habían hecho el ridículo en 2012, recuperaron credibilidad. Me refiero a las casas encuestadoras serias, cuya medición anticipó, si no los porcentajes, si las posiciones y (de alguna manera) el margen de la victoria. Irónico que el PRI siga saliendo sobrerepresentado. Un factor que abonó a su esperanza, a la postre fallida, de seguir siendo relevante.

Encuestas para convencer(se)

Apostar durante la campaña a publicar encuestas firmadas por empresas sospechosas y circularlas a través de las redes sociales fue la manera de afianzar posiciones de cara a los propios partidarios. Diciendo “sí tenemos chance”, sea argumentando la inevitabilidad de la victoria, la esperanza de remontar o de sobrevivir.

El fracaso independiente

En la elección intermedia de 2015 celebrábamos la participación independiente como un fenómeno necesario surgido del descrédito de la política institucional.

Esta elección vio a los independientes colarse hasta la boleta presidencial. Superando la prueba del rally de legitimización que inventó el INE. Llegaron dos: uno renunció a la mitad y el otro buscó consolidarla a base de payasadas.

En lugar de perspectivas frescas y canalizar el hartazgo, las candidaturas independientes robaron atención y tiempo; aportando el momento más vergonzoso de cualquier democracia: la propuesta de cortar manos para acabar con la corrupción.

Mejores debates, menos eficaces

Al final de la dictadura perfecta del PRI, los primeros debates fueron el momento para desequilibrar a candidatos oficiales henchidos de su legitimidad como “tapados”.

En la elección pasada, el formato acartonado sólo sirvió para que los partidos etcétera alzaran la mano y sumaran su registro.

Ahora, hubo tres, esencialmente bien llevados por periodistas reconocidos. Tiempos respetados, propuestas genéricas, señalamientos feroces, insultos, muecas y un impacto electoral efectivo de…cero.

No sirve acusar

Campañas más sucias que nunca. Cada insulto acompañado por un señalamiento para desacreditar al rival. Invervenciones gubernamentales, primeras planas, repetición y troleo en las “benditas redes sociales”; mentiras y acusaciones.

Las mentiras son la nueva verdad, abrazada y repetida por los acólitos y su sesgo de confirmación. Nunca los seguidores estuvieron más convencidos que los adversarios representaban lo peor de México. Los señalamientos devenidos en combustible para la pasión propia más que un argumento capaz de persuadir al indeciso.

No al voto útil

El voto útil funcionó en el 2000 porque se decidía: PRI o alternancia. También en 2006 porque la polarización convirtió esa elección en un plebiscito sobre el miedo.

En 2018, con las identidades políticas y las etiquetas partidistas tan relevantes como logotipos en un uniforme deportivo, el frente leyó mal. Quizó revivir la polarización del 2006 y amalgamar los temores de la clase media frente a López Obrador. Pero el centro de esta elección era el voto de castigo al PRI y el descrédito presidencial ante la violencia y la corrupción rapaz. López Obrador repitió su mantra de acabar con la corrupción, y mientras sus rivales se burlaban, no veían que eso, justamente, era lo que la mayoría quería escuchar.

El reto es local

Los logros en lo federal, no transitaron en algunos estados (como Puebla) donde el caciquismo y la violencia todavía son ley. Pero son los menos.

Gané…viva la democracia

¿Es la mexicana una democracia madura si sólo la legitimiza la victoria? El pasado domingo, López Obrador obtuvo 24 millones de votos (9 millones más que en 2006). Los perdedores dieron una lección de civismo, dejaron atrás las álgidas campañas y reconocieron el resultado en forma inequívoca y generosa. Es más fácil perder si te aplastan, argumentó alguien, pero aún así, debe celebrarse su gesto, hasta ahora insólito.

Gran discurso

A los buenos perdedores los siguió un buen ganador, que leyó un discurso buscando crear certezas en pos de una trancisión estable.

Olvidemos la imposible promesa de felicidad y dicha para todos. El discurso incluyó el respeto a la libertad de expresión, a las creencias religiosas y las preferencias sexuales. Reivindicó a los pobres y a las culturas indígenas. Podemos creerle o no al próximo presidente, pero las palabras importan, y esta vez fueron las necesarias, lejos del triunfalismo o el abono a la división y el resentimiento. Eso hay que reconocerlo, y aplaudirlo.

Twitter:  @rgarciamainou

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).