El mundo está lleno de ejemplos extraordinarios que nos motivan a creer que México puede y debe ser la próxima historia de éxito, no sólo en el continente americano, sino en todo Occidente. Al buscar algún país del que podamos aprender lecciones fundamentales, Colombia parece estar en los primeros lugares de una larga lista.

A principios de este siglo, Colombia era uno de los países más inseguros e injustamente menospreciados dentro de la comunidad internacional, castigado internamente por el flagelo de la guerrilla y el narcotráfico.

Durante sus ocho años al frente del gobierno, el presidente Álvaro Uribe probó lo que un país puede lograr cuando enfrenta con absoluta firmeza y determinación los problemas más serios que lastiman a la sociedad.

Álvaro Uribe afirma que, en Colombia, los políticos decían que había que enfocarse primero en resolver los problemas sociales antes que la seguridad. Un día, él preguntó: ¿Cómo resolvemos lo social si no hay recursos? Y no hay recursos, entre otras cosas, porque la inversión está ahuyentada. ¿Y por qué pasa eso? Por miedo a la inseguridad.

La lección principal fue que no se podía pensar que resolviendo los problemas sociales se resolverían los problemas de inseguridad. Tendría que ser exactamente al revés.

Así nació la idea de construir un trípode al que llamó El Triángulo de la Confianza: seguridad con valores democráticos, respeto a las libertades y cohesión social. La base de este triángulo es la seguridad con libertad de prensa, seguridad con pluralismo, seguridad con libertad de denuncia, con libertad de crítica. La seguridad debe entenderse como un valor democrático, una fuente de recursos. Sin seguridad no hay manera de disfrutar las libertades.

La experiencia demostró que la violencia empeora los problemas sociales. Cuando hay seguridad con valores democráticos se promueve la inversión con responsabilidad social y se crean las condiciones para resolver los problemas sociales. Cada uno debe hacer su parte; el gobierno, combatir enérgicamente con los medios que le corresponden, y los ciudadanos, respaldar esa lucha con su participación activa y organizada, siempre respetando y promoviendo valores como el respeto y la solidaridad.

Las decisiones del presidente Uribe no estuvieron sujetas al dolor o a la coyuntura del momento sino a principios y a lo que debía hacerse para recuperar a su país. Su política de mano firme y corazón grande es un ejemplo para las democracias de todo el mundo.

armando.regil@eleconomista.mx

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