Analistas, académicos y el público en general hablan con abierta simpatía de la creciente influencia del ecosistema digital en nuestra vida diaria. Nos sorprendemos del avance tecnológico y lo definimos como la cuarta revolución industrial, olvidando que desde la primera hubo víctimas que simplemente pasaron de una forma de servidumbre a otra.

Hoy hay toda una camada de intelectuales que habla de los derechos digitales como si fueran derechos humanos. Yo no lo pienso así. Los derechos a la vida, la salud, la educación, la privacidad, la propiedad, la libertad de expresión e información son derechos que valen por sí mismos y el ecosistema digital es sólo un medio para ejercerlos, que, en mi opinión, debe ser regulado más pronto que tarde. Es cierto que el Estado debe crear facilidades para que los derechos se ejerzan de todas las formas posibles, incluyendo la digital, pero debe buscar que las víctimas de esta revolución sean mínimas.

A manera de exploración, puedo identificar dos grandes víctimas del ecosistema digital: (i) los millones de trabajos que van a perderse con el internet de las cosas y la creciente automatización de los procesos productivos y la prestación de servicios, y (ii) la cohesión social a través de la manipulación de la información.

El primer grupo va desde los empleados bancarios que perderán su trabajo con el cierre de sucursales derivado de la adopción de la banca electrónica y los productos fintech, hasta profesiones tan antiguas como la práctica del derecho o la medicina, que cada día requerirán de menos profesionistas como consecuencia del desarrollo de aplicaciones tecnológicas en dichas ramas. Con el advenimiento de la inteligencia artificial, la actividad económica requerirá de menos personas. A través del gobierno electrónico, millones de burócratas en todo el mundo perderán sus empleos. No podemos ser tan ingenuos como para pensar que todo avance tecnológico implica progreso.

Aún no acabamos de entender las causas del renacimiento de los nacionalismos y la vuelta de 180 grados en la vía de la integración mundial. Hasta hace un par de años, muchos llegamos a pensar que la promesa de la aldea global haría que las diferencias entre ricos y pobres se fueran acotando.

Hoy la realidad contradice esta aspiración. Lejos de reducirse, la brecha entre la élite y las masas se ha ensanchado y se ha vuelto más evidente. En mi opinión, el declive de los medios tradicionales de comunicación frente a los algoritmos de las grandes redes sociales que filtran la información para que únicamente veamos aquella que cumple con nuestras preferencias y expectativas ha contribuido directamente a la creciente polarización social. Cada día las redes nos aíslan más y nos agrupan como rebaños en categorías de individuos que sólo retroalimentan sus prejuicios y perciben al otro como enemigo. El problema va más allá de las famosas fake news. La información puede ser verdadera, pero si las redes sólo nos proporcionan puntos de vista que coinciden con los nuestros la posibilidad de diálogo y consenso se rompe.

Ante el embate mercenario de los gigantes tecnológicos que nos ven como producto y no como audiencia, los gobiernos deben fomentar los medios tradicionales y regular a aquellos. El paradigma ha cambiado radicalmente.

Hoy la verdadera libertad de expresión y el acceso a información plural se da a través de los periódicos, revistas, radio y televisión. Por el contrario, los algoritmos de las redes sociales nos mantienen en un constante onanismo intelectual. Y no sólo hablo de Facebook, Twitter o Instagram, también los sistemas de mensajes electrónicos como WhatsApp y otros fomentan este comportamiento. La semana pasada, la primera plana del Washington Post publicó un artículo en el que señala que las plataformas de mensajería instantánea han propagado campañas de desinformación en 10 países durante este año, según un informe del Proyecto de Propaganda Computacional de la Universidad de Oxford. Desafortunadamente, el artículo hace referencia a la grave repercusión que las historias tendenciosas, memes y mensajes de WhatsApp tuvieron en nuestra reciente elección presidencial, a favor y en contra de todos los candidatos y partidos. A diferencia de las redes y sus algoritmos, los medios tradicionales cumplen con estándares éticos de investigación, comprobación y edición de sus contenidos.

Gerardo Soria

Presidente del IDET

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Abogado especialista en sectores regulados. Presidente del Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones (IDET). Doctorando en letras modernas en la UIA.