El control total de la opinión pública es la resultante de toda autocracia o dictadura.

Las redes sociales, sin ser medios de comunicación bajo la categoría anglosajona, agregan interacción al ecosistema de los medios ortodoxos; escenario en el que la clase política es mucho más vulnerable.

Trump, Bolsonaro y López Obrador son presidentes que atacan a los medios de comunicación porque en sus atmósferas populistas no hay espacio para la crítica. Sin embargo, les gusta que los medios se conviertan en cajas de resonancia de sus mensajes.

Según el American Presidency Project,  George Bush ha sido el mandatario estadounidense que más le gustaba ofrecer conferencias de prensa. Veamos:

Barack Obama ofreció 163 ruedas de prensa durante sus ocho años de gobierno (2009-2017), lo que supone una aparición cada 18 días.

George W. Bush (2001-2009): 210 ruedas de prensa; una cada 14 días.

Bill Clinton (1993-2001): 193 ruedas de prensa; una cada 15 días.

George Bush (1989-1993): 137 ruedas de prensa; una cada 11 días.

Ronald Reagan (1981-1989): 46 ruedas de prensa; una cada 63 días.

Trump prefiere utilizar Twitter como campo de batalla.

Durante sus primeros 100 días de gobierno atacó a la prensa en 130 ocasiones; desde su cuenta de Twitter mencionó en 30 ocasiones “noticias falsas”; dijo “medios deshonestos” en ocho ocasiones; ocho de las primeras 11 entrevistas en televisión las otorgó a Fox News y Fox Business; y al menos a cuatro expersonalidades de Fox News designó como funcionarios de su administración: Heather Nauert, Ben Carson, Monica Crowley y K. T. McFarland.

El segundo acto como presidente, Trump visitó las instalaciones de la CIA. El objetivo de su visita era relajar la tensión que tuvo con las agencias de inteligencia durante la campaña, sin embrago, su discurso central fue un ataque a los medios de comunicación por, según el presidente, mentir sobre las cifras de asistencia a la toma de posesión.

Trump se declaró en “guerra” con los periodistas, de quienes dijo que estaban “entre los seres más deshonestos de la tierra”.

“Amo la honestidad, me gusta la cobertura honesta”, mencionó el presidente de Estados Unidos durante su visita a las instalaciones de la CIA en Langley (Virginia).

Enojado, el 29 de abril del 2017, con poco más de dos meses al frente de la Casa Blanca, el presidente Trump no asistió a la tradicional cena con corresponsales, y en cambio, se hizo un baño de masas en Pensilvania. Entre la multitud dijo: “Un gran número de actores de Hollywood y medios de Washington se están reconfortando unos a otros en un salón de hotel (...) Si el trabajo de los medios es ser honestos y decir la verdad, los medios se merecen una gran, gran, enorme, mala calificación” (The Washington Post, 30 de abril 2017).

Era la primera vez en tres décadas que un presidente no asistía a la cena con la prensa. El último que no había asistido era Ronald Reagan porque se encontraba en recuperación del atentado que sufrió.

En México, el presidente López Obrador realiza una combinación de conferencias de prensa con escenas de teatro de carpa donde un grupo de personas que muestran credenciales de periodistas resultan ser paleros del mandatario.

Al igual que Trump, López Obrador califica al gremio como deshonesto y corrupto.

El rasgo que florece en todo populismo, lo mismo en el húngaro que en el estadounidense o mexicano, es el de la vanidad.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.