La realidad es que desde que estalló la gran recesión en el 2007, los mercados financieros mundiales no han encontrado los equilibrios, mucho menos la paz.

Ha sido una crisis profunda y global que mantiene algunos efectos y las secuelas de las medicinas aplicadas.

Cada región o país es una historia diferente, desde los relatos de terror de Grecia hasta los casos de éxito entre los países escandinavos.

En el caso de México, la situación no es diferente a la de muchos países: se tomaron decisiones de corte fiscal y monetario para salir de la recesión y ahora se adoptan medidas para mitigar los efectos secundarios de las medicinas de alivio.

En estos días, dos historias financieras mexicanas han tomado relevancia en este contexto. La primera, la acelerada baja de las reservas internacionales del Banco de México y, la segunda, la indisciplina fiscal que se le empieza a notar a las cuentas públicas y que merece un capítulo aparte.

Por lo que hace al guardadito del Banco de México, el filósofo de Güémez diría que se usan las reservas que hay, porque las que no hay, pues no se usan. Esto es que la autoridad monetaria se dedicó a juntar el parque monetario suficiente para enfrentar tiempos de turbulencia como los actuales.

El hecho de que el peso no tenga un precio fijo frente a otras divisas no significa que tenga la capacidad de defenderse sólo de los embates especulativos.

Las reservas son recursos del Estado que fueron cambiados de la moneda local, el peso, a otros instrumentos de aceptación global, como divisas o metales. Cuando el mercado no tiene apetito por el peso y demandan otras divisas, básicamente el dólar, el banco central provee de la liquidez suficiente para que todo aquel que quiera hacer el cambio lo consiga.

Si uno de estos días durante el último año en que se ha presionado la cotización hubiera llegado alguien a cambiar sus pesos por dólares y le hubieran dicho que no había billetes verdes para cumplir su deseo, ese sujeto habría pagado más por ese cambio. Y mientras menos disponible fuera, más se presionaría el precio.

Para acabarnos de entender, el precio oficial del dólar en Venezuela es de 6.30 bolívares por uno. Pero como no hay la divisa, el mercado negro cambia los pocos disponibles a razón de 190 bolívares por dólar.

La disminución de 20,000 millones de dólares de las reservas internacionales fue un buen negocio para Banxico, pero es un motivo de preocupación para la opinión pública, porque despierta los sentimientos de escasez. Porcentualmente, no es un foco rojo, porque están disponibles 173,000 millones más, además de la línea contingente del Fondo Monetario Internacional de casi 70,000 millones de dólares adicionales.

El tema es que con Pemex en crisis de producción y con los barriles de crudo a 33 dólares, la acumulación de reservas tiende a ser mucho menor y esa capacidad de recuperación sí merece la atención de la autoridad monetaria, porque no sabemos qué tan prolongada será la enfermedad financiera global.

Por eso es que si la Reserva Federal inicia ya en diciembre un proceso de alza calendarizado de las tasas de interés brindará presiones al peso, pero a cambio de certidumbre.

Por lo pronto, la Comisión de Cambios decidió que el peso aguanta y que ya no hace falta la inyección automática de dólares diaria, sólo cuando realmente haga falta. Ya veremos si el mercado está tan equilibrado para ello.

Las reservas del Banco de México son para usarse como se han utilizado hasta hoy. Sin más.