En el 2018, uno de los grandes retos será evitar que las reformas estructurales se conviertan en una piñata electoral. La tentación es enorme porque esas reformas no generan entusiasmo entre la población, sino todo lo contrario: seis de cada 10 personas piensan que las reformas instrumentadas por el presidente Peña nunca beneficiarán a la población.

La cifra es preocupante porque revela un fracaso en el proceso de “venta” de estas reformas hacia el ciudadano común. Sólo cinco de cada 100 consideran que los beneficios de estas reformas ya se pueden percibir, de acuerdo a una encuesta realizada por Carlo Ángel Varela y dada a conocer recientemente por Citibanamex .

¿Qué falló en esta venta? Una conversación con Roy Campos me ayuda a entender un poco: “Hay un mal empaquetado de las reformas: ha pesado más lo negativo que lo positivo. Con la reforma energética, lo primero que la gente piensa es en los gasolinazos, eso lo tienen a flor de piel. Lo demás, las inversiones y la llegada de capital, es muy lejano, abstracto...”.

Hay una primacía de lo cercano frente a lo lejano; de lo concreto versus lo abstracto, pero hay mucho más: una especie de efecto boomerang de la propaganda. Las reformas pagan factura por una pésima campaña que prometió en el 2013 poner fin a los gasolinazos y menores precios de la electricidad.

Todas las reformas salen raspadas por el gasolinazo, porque hay un problema de empaquetado. Fueron 11 reformas estructurales pero la mayoría de la gente sólo puede nombrar dos o tres: la energética, la educativa y la fiscal. En cierto sentido, es normal que pese más lo negativo que lo positivo. Así funciona la mente, es una de las cosas que explica con brillantez y lujo de detalle Daniel Kanheman, el Nobel de Economía, en su libro Pensar rápido, pensar despacio.

En una sociedad tan desconfiada como la mexicana, hay un escepticismo agrandado frente a las buenas noticias. “Me sorprende que la gente no relaciona la baja en los precios de los servicios de telefonía celular con la reforma de telecomunicaciones”, dice Roy Campos. También podría sorprendernos que no se vincule con esta reforma el auge de las redes sociales en México. En el 2012, México tenía 37 millones de usuarios de Internet. A fines del 2017 eran 71.3 millones. La reforma de telecomunicaciones ha impulsado mayor competencia entre empresas; más inversiones y más cobertura.

La comunicación de las reformas se propuso enfatizar que esas reformas eran la obra de Peña Nieto. Esto es indiscutible porque se necesitó la conducción política del presidente para materializar reformas que llevaban, según el caso, 10, 15 o 20 años sin prosperar en el Congreso. El problema con poner esa firma en las reformas es que creó un vínculo que puede resultar fatal: en el primer año de esta administración, las reformas impulsaron la popularidad del presidente. En el último año de este sexenio, la baja popularidad del presidente afecta a las reformas. En vez de tener una valoración objetiva de los logros y los pendientes de las reformas, tenemos una descalificación visceral. Los que descalifican al presidente, descalifican las reformas que impulsó. No son perfectas y requieren una revisión profunda para mejorarse. Eso no ocurrirá si se convierten en piñata electoral. Si eso pasa, no habrá golosinas adentro. Sólo catarsis, bilis y retroceso.

lmgonzalez@eleconomista.com.mx

Luis Miguel González

Director General Editorial de El Economista

Caja Fuerte

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio.

Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.