El populismo que tanto daño le ha hecho a este país y que vio sus peores etapas de auge con personajes como Luis Echeverría o José López Portillo se niega a morir porque muchos hijos de la Revolución Institucional la quieren sostener disfrazada de izquierda.

El Estado mexicano no ha acabado de transitar de esos esquemas paternalistas hacia prácticas más abiertas y democráticas. Los ejemplos sobran, desde las estructuras empresariales monopólicas, echando a Pemex por delante, hasta la forma de operar de los sindicatos que se mantienen como figuras inalteradas del peor jurásico político nacional.

El populismo es oferta viva en este país. El partido, autor de los peores episodios del populismo mexicano, se debate internamente entre los reformadores light y los dinosaurios más anacrónicos.

El partido en el poder ha sido incapaz de implementar los cambios que se leen en su plataforma política y durante 10 años ha creado un híbrido que resulta muy peligroso por la enorme cantidad de indefiniciones que implica no tener un modelo definido de país.

La que se hace llamar izquierda en México no es otra cosa que el santuario de las peores políticas del priísmo más dañino. Y lo peor es que se les nota en su forma de gobernar. La ciudad de México tuvo días muy oscuros con Andrés Manuel López Obrador al frente porque llevó a cabo un gobierno-campaña sustentado en una lluvia de dinero para subsidios mal administrados y planeados que han endeudado seriamente a la ciudad. Lo peor es que antes de irse del Gobierno del Distrito Federal (GDF) institucionalizó esas ocurrencias sin darle sustento financiero, dejando en claro el objetivo electoral de las medidas.

No es un secreto que el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, debe lidiar dentro de su propia estructura con esas redes de manejo clientelar del lopezobradorismo, con todo y el toque populista que también tiene la Asamblea Legislativa.

Muchas de las políticas que se aplican actualmente en la ciudad parecen más lopezobradoristas que acordes al perfil del actual Jefe de Gobierno. A veces da la idea de que Ebrard tiene un mayor frente de batalla político adentro que afuera.

El estilo del Jefe de Gobierno actual se nota con medidas muy polémicas como los matrimonios entre personas del mismo sexo, algo más de izquierda y totalmente reprobado por conservadores de la calaña de López Obrador.

Pero hay otras determinaciones incomprensibles para el actual gobierno de la ciudad de México y más cuando su titular aspira a ser Presidente de México.

La llamada Norma 29, que anula la competencia comercial para establecer un manto protector sobre los arcaicos mercados públicos, parece más obra de los enemigos de Marcelo que de sus estrategas.

No podría ser de otra manera. La Procuraduría General de la República presentó acción de inconstitucionalidad en contra de esta determinación de la Asamblea Legislativa, que encabeza Alejandra Barrales, pero que publicó el gobierno de Ebrard.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación le dio entrada de inmediato porque, como explicó el ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia, hay elementos que presumen violaciones constitucionales.

No pueden el Gobierno del Distrito Federal y su Asamblea Legislativa aspirar a convertir a la capital del país en la Pequeña Ciudad Bolivariana del Distrito Federal.

Se han tomado determinaciones muy polémicas en el DF y no siempre han sido las mejores. Pero actuar en contra de las libertades básicas consagradas en la Constitución es demasiado.

El caso de la Norma 29 está en manos de la Suprema Corte. Serán los ministros los que digan si es constitucional o no. Por lo pronto, queda al descubierto que ese estilo impositivo y paternalista puede resultar peligroso.

La primera piedra

Hay un obrero que vive en los pueblos de Cuajimalpa y trabaja en el Centro Histórico de la ciudad de México. Tarda tres horas en transportarse para laborar 10 horas al día.

Si atendemos a la visión optimista que muchos nos quieren vender, este hombre no tiene nada de qué quejarse, porque el promedio entre su domicilio en las orillas de la ciudad y su trabajo en el centro son las Lomas de Chapultepec.

Seguramente alguna cuenta así llevó al secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, a asegurar que un mexicano gana 15,000 dólares al año porque ni siquiera el PIB per cápita del país alcanza esa cifra.

El problema de hacer política con los promedios es que hay mucha gente que queda debajo de ellos y claro que no les gusta para nada que sus problemas sean tratados como simple estadística.