Las perspectivas de América Latina son muy difíciles. Tanto la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) han advertido recientemente que el deterioro de los precios de las materias primas en el mercado internacional ha afectado de manera importante el crecimiento económico de la región. También, por cuatro años consecutivos, las exportaciones latinoamericanas se han reducido debido a una menor demanda de Estados Unidos, China y la Unión Europea.

Esto le agrega complicaciones. América Latina no ha aprovechado de manera integral los beneficios de las épocas de vacas gordas por medio de políticas deseables de desarrollo productivo, que amplíen y mejoren a los sectores con potencialidad. Tampoco ha beneficiado a la población de ingresos bajos, lo que explica niveles altos de pobreza.

Ante esta situación, ambas instituciones han insistido con los gobiernos de la zona para que aumenten los recursos públicos para elevar el gasto social (educación, salud y pensiones, principalmente). Lejos de la ortodoxia que caracteriza a ambas instituciones, ahora plantean iniciativas para evitar brotes nacionalistas en una región tan proclive a ellos, al igual como está ocurriendo en el mundo, en donde se sientan las bases de la globalización del descontento. A todos los países les han afectado las políticas de ajustes duros, con efectos devastadores en los más débiles.

La experiencia latinoamericana nos revela que, después de la euforia populista en el gasto público durante la década de los ochenta, vino después la purga necesaria con políticas restrictivas. El problema es que la medicina fue tan fuerte que debilitó a los países y explica que ahora el tamaño del gasto público, como expresión del tamaño del Estado sea relativamente pequeño , como reconocen la OCDE y el BID. Representa 30% del Producto Interno Bruto (PIB) en promedio, mientras que en los países de la OCDE es de 42% del PIB, también en promedio. Los países latinoamericanos tienen necesidades de gasto mucho mayores que las de los países desarrollados, esto debido al rezago en sus bases de desarrollo como son sus estructuras físicas e institucionales.

Las sugerencias de la OCDE y el BID chocan con el problema de que en América Latina la productividad está estancada. Por ello, el gasto público tiene que afinarse muy bien para evitar desperdicios y corrupción, como ya lo muestran varios países que han llegado a excesos patéticos. El gasto público debe focalizarse según definiciones políticas atemperadas por las circunstancias y sentido de la posibilidad.

Resalta un problema dramático en la región. Es la enorme desigualdad, la más profunda del mundo. Por eso declaran la OCDE y el BID: Las desigualdades plantean un desarrollo crítico para los gobiernos (...) No sólo afectan el crecimiento económico y crean malestar social, sino que dificultan el acceso a oportunidades y servicios públicos básicos .

Se dice que el subdesarrollo es como una jirafa: difícil de describir, pero reconocible a primera vista. Independientemente de los indicadores globales ahí están sus perversiones en exceso: políticos populistas que son insaciables, la violación de los derechos humanos, el desempleo, la migración de pobres, la impunidad.