Mucho se ha comentado que estas elecciones supusieron un golpe de castillo contra López Obrador. Si se tratara de castigos, me apunto el primero. Morena conquistó 11 gubernaturas (al haber ganado San Luis Potosí la coalición Verde-PT podemos considerar que fueron 12) y mantuvo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Muchos analistas han visto con buenos ojos el que Morena tenga que negociar con la oposición para lograr cambios constitucionales, a lo que hay que refutar señalando que AMLO ha conseguido numerosas reformas constitucionales a base de triquiñuelas (la Ley Zaldívar), al agarrar la oposición dormida (reforma al aumento de los delitos con prisión preventiva), o bien con trampas descaradas, como cuando se trató de poner a Ibarra de Piedra en la CNDH o tener una Comisión Reguladora de Energía a modo.

Por lo demás, opinamos igual que el Maestro Zárate que en estas elecciones no hubo un voto de castigo contra la 4T ¡y en qué circunstancias! Más de medio millón de muertos por la pandemia, 10 millones más de pobres, 17 en extrema pobreza; caída de 8.5% del PIB y disminución de la inversión de 22 a 18 puntos del producto interno bruto, más cerca de cien mil muertos a causa de la delincuencia.

El voto de castigo fue en la parte fifí de la Ciudad de México contra López Obrador, al perder más de la mitad de las alcaldías a favor de la coalición de la oposición. Esto no deja de suponer cierto consuelo para la oposición, pues obtuvo un triunfo indiscutible contra el retroceso que tuvieron en la mayoría de las gubernaturas.

Tampoco es el fin de Morena pues aunque perdió la mayoría cualificada en la Cámara de Diputados, mantiene el control del Presupuesto, que es donde se concentra el pensamiento ideológico de un gobierno, y la mayoría para hacer leyes que no exijan previa reforma constitucional. Y desde el lado de la oposición, todavía no se ven candidatos con proyectos de nación alternativos que ilusionen a la población.

Por todo lo expuesto y si la situación económica mejora modestamente -peor ya no podíamos estar-, el voto de castigo que recibió por el mal manejo de la economía se podría recuperar hacia 2024. Tenemos pues, Morena para rato.

Es más, es en la segunda parte de sus gobiernos cuando éstos se quitan las máscaras, como diría Luis Rubio en un libro que publicó bajo ese título, y tratan de concretar las partes más radicales de sus programas de gobierno. AMLO no ha dado pistas de por dónde piensa transitar, pero si pretende lograr “una revolución pacífica de las conciencias”, eliminar el neoliberalismo y que sus opositores no puedan dar marcha atrás a su proyecto, todavía nos quedan muchas sorpresas que ver. El único límite sería el presupuestario, ya que ha mostrado ser un pésimo administrador. Pero para eso designó a Ramírez de la O como nuevo secretario de Hacienda, que es un personaje más independiente a AMLO y con mayor empaque que el futuro Gobernador del Banco de México -que ha mostrado completa lealtad hacia López Obrador-.

¿Qué nos espera la segunda mitad del mandato? Recordemos que ésta puede transitar con una independencia judicial debilitada, lo que daría más facilidades a AMLO para seguir con su proyecto reformista. El problema es que el tabasqueño guarda en lo recóndito de su cerebro -si es que tiene- las medidas con las que sorprenderá a la otra mitad de su sexenio. No desdeñemos cambios al Poder Judicial más agresivos, el retoque a los organismos autónomos para que se vuelvan más débiles -lo que se puede lograr simplemente con una fuerte disminución del presupuesto- y la duda de las dudas: ¿el intento de reelección?

Por eso, la 4T no sólo está más viva que nunca, sino con nuevos bríos para acabar el proyecto de nación que tiene en su imaginación López Obrador.