Pero esta no es una coalición y entiendo por tal, un acuerdo de gobierno. Los simpatizantes de una fuerza roja entienden que aunque la fuerza blanca no defenderá nunca el aborto, podrán ir juntos en un programa ambiental, lo aceptan y se suman a ese programa sin diluir sus postulados ideológicos sobre las mujeres, sus cuerpos y la vida. 

Es un ejemplo. Pongan el que les guste. 

Lo que ahora estamos viendo con la alianza entre el PAN, el PRD y el PRI es una trampa, pues no empujan un solo tema de gobierno en común, sino un objetivo político compartido: quitarle al partido mayoritario el poder. 

Fíjense que no escribí “cambiar el régimen”. No. Sólo quieren bloquear al partido que gobierna mal. Y coincido: gobierna mal. Pero recordemos que cada uno de estos partidos fue perdiendo los favores del electorado, y que este protestó con su voto en 2018 de una manera alarmante, pero democrática. Andrés Manuel López Obrador usó las reglas del juego, lo que quiere decir que fue quien tuvo el mayor número de votos. No la mayoría, es verdad, sino más que los demás. Con eso basta, aunque el Presidente no es afecto a esta idea. Él cree que representa a la mayoría y que sus adversarios son un grupo uniforme con criterios indistinguibles que se resumen en uno solo: están en su contra. No es así, pero la Oposición ya mordió el anzuelo y habla en la simplificadora clave lopezobradorista: si la mayoría no está con él, la mayoría tiene que estar con ellos, como uno solo.  

Pero si no se hace alianza, preguntan muchos, ¿cómo sacar al poderoso de la silla? Pues como siempre: con un programa alternativo, no con la bobería simplista de sacar al hombre sin importar con quién, o para qué. 

Paso a otra consideración importante: las alianzas electorales a priori (es decir, sin programa) no producen la aritmética que se ve desde la comodidad del centro del país en Avenida Reforma. Que Miguel Ángel Mancera pueda hacer un quid pro quo con Xóchitl Gálvez o con Miguel Ángel Osorio, no significa que los panistas de Cuajimalpa estén dispuestos a operar a favor de su adversario histórico Adrián Rubalcava para darle una diputación federal al grupo del priista. 

Las lógicas territoriales están en una clave distinta a la de los acuerdos cupulares. Pero no sólo eso: la representación está en una clave diferente. El gobernante en turno (mal gobernante, ya dijimos) puede seguir teniendo el 40 por ciento de simpatías en un distrito donde quieren que llegue un panista que no supera el 15 por ciento y que no llegará a la curul para responder a los intereses de los perredistas y los priistas de su barrio que le engorden la votación. Si es que se la engordan, ojo, porque además ese riesgo está presente: dado que estamos hablando de distritos electorales sin carteras para repartir ni temas para comprometer, los 15 votos del PRI más los 15 votos del PAN más los 5 del PRD pueden producir sólo 15 votos priistas y 20 fugas hacia a ver a a dónde. 

Para terminar. La alianza debilita el sistema de partidos con miras a que sobrevivan las burocracias doradas de éstos, no garantiza resultados y engorda el discurso populista que advierte que la vida es binaria: todos contra mí o todos conmigo. 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

Lee más de este autor