El proceso de destitución en contra del presidente Trump, detonado por Nancy Pelosi e instruido por el presidente del Comité de Inteligencia, Adam Schiff, revela la buena salud que tienen los contrapesos en Estados Unidos.

Una llamada telefónica entre los presidentes de Ucrania y Estados Unidos refuerza la tesis sobre una batalla campal entre Donald Trump y las estructuras de la diplomacia y de inteligencia de Estados Unidos.

El proceso de destitución en contra de Trump presenta dos capas, la exterior, donde los demócratas ejercen presión gracias al control de la Cámara de Representantes, y la interna, la burocracia insatisfecha por los códigos y rasgos del presidente Trump.

En las últimas 48 horas hemos presenciado públicamente la interacción de dos protagonistas que aportan una muestra representativa de la batalla de Trump en contra de las estructuras del Estado: Gordon Sondland y Fiona Hill. El primero representa la estructura informal de la diplomacia creada ex profeso por el presidente, y Hill, experta en temas de inteligencia y diplomacia, representa a la burocracia que no se ha cansado de marcar distancia con las posturas del presidente Trump.

Sondland revela que no sólo existió un canal diplomático paralelo al creado por la secretaría de Estado para presionar a través de un quid pro quo al presidente de Ucrania, también Mike Pence, Mike Pompeo y Mick Mulvaney (vicepresidente, secretario de Estado y jefe de gabinete en funciones, respectivamente) conocían el plan del presidente Trump.

Fiona Hill, por su parte, fue la voz que enmarcó de manera institucional lo revelado un día antes por Sondland. Hill admitió ante el Comité de Inteligencia que han habido algunos momentos de confrontación con Sondland, inclusive reconoció que pudo haber sido grosera con el embajador que donó 1 millón de dólares a la campaña de Trump.

Hill describió uno de los momentos de confrontación. Sobre la estructura diplomática paralela a la de la secretaría de Estado, Fiona Hill increpó a Sondland para preguntarle quién le había ordenado construirla: “El presidente”, respondió Sondland. Fiona Hill, se quedó fría.

La percepción pública no ha logrado distinguir el costo de un proceso de destitución al que han tenido los escándalos que han rodeado a Trump desde el día uno en la Casa Blanca. Presionar a un presidente extranjero para que arme un archivo negro de un enemigo político es causal de destitución. Elegir uno de sus hoteles para organizar el G7 del 2020 (como Trump anunció hace dos meses, pero después de la polémica que levantó retiró la oferta) no es causal de destitución. Como tampoco lo son sus burlas a inmigrantes.

Max Boot, brillante columnista del diario The Washington Post, recordaba ayer en un artículo una frase que comentó John Dean, abogado de Richard Nixon, a un comité del Senado en 1973 bajo el entrono Watergate: “Hay un cáncer que crece en la Presidencia”.

John Dean le advirtió a Nixon el riesgo en el que se encontraba su Presidencia al haber sido descubierta la trama de espionaje en contra de los demócratas. El presidente no le hizo caso y posteriormente renunció.

Trump y los republicanos podrían caer en un escenario similar si hacen del proceso de destitución el eje central de su campaña de reelección.

Hace algunas semanas Trump le dijo a Nancy Pelosi que el camino hacia el juicio político frenaría la evolución de proyectos del gobierno. Uno de ellos podría ser el acuerdo comercial entre Estados Unidos, México y Canadá. Pelosi ya duda que sea ratificado en este año. De confirmarse, los republicanos estarían elevando la apuesta de la reelección de Trump a través del escandaloso juicio político.

El escándalo es oxígeno para Trump. ¿Siempre?

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.