Si México cede ante Argentina y renegocia los términos del Acuerdo de Complementación Económica (ACE) número 55 en materia automotriz, podría evitar una afectación mayor a la industria mexicana de este sector, pero daría muestras de una profunda debilidad lo que abriría una caja de Pandora.

Si el gobierno de Cristina Fernández se saliera con la suya, cualquiera de las otras naciones del mundo con las que México tiene algún acuerdo comercial violaría los acuerdos bilaterales con la certeza de que este país acataría la presión.

A Brasil le funcionó. Logró lo que quería pero sin el rompimiento unilateral del acuerdo. El caso del gobierno de Buenos Aires es diferente y merece todo el peso de las represalias comerciales mexicanas.

La industria manufacturera estrella de México es, por mucho, la automotriz. Y, al tiempo que atrae más inversiones, genera fuertes envidias. ¿Cómo le vendría a los argentinos un arancel en sus exportaciones a nuestro país de vinos o cuero?

Lo primero que debemos tener en cuenta es que el desplante argentino no es nada personal, sino parte de una forma de gobernar que, al menos a la distancia, parece suicida.

Con la suspensión argentina del ACE 55 con México, el gobierno de la señora Fernández suma 22 conflictos comerciales con diferentes países. Y si tomamos en cuenta todas las controversias comerciales de Argentina con el mundo, son 47 países los que tienen algo que reclamarles.

Ya había antecedentes de la forma desaseada de operar el comercio exterior en ese país sudamericano. No eran pocas las empresas, incluso del sector automotriz, que se quejaban de que sus exportaciones desde México eran condicionadas a la venta de otros productos argentinos. Por ejemplo, vinos.

Así, un fabricante de autos establecido en nuestro país se convertía en un importador de productos varios. Y todos sabemos que combinar el volante con el vino es una situación peligrosa, incluso en el comercio internacional.

La industria automotriz mexicana atraviesa por un gran momento. De hecho, de acuerdo con cifras del presidente Felipe Calderón, México es ya el cuarto exportador de vehículos de todo el mundo, lo cual no es poca cosa.

Ha llevado tiempo cerrar el círculo virtuoso de este sector. Y hay que reconocer que, desde los peores días para este sector en los 70 y 80, compañías como Volkswagen, General Motors, Ford, Chrysler y Nissan mantuvieron su presencia y su confianza en el devastado mercado mexicano.

Después, con la estabilidad financiera lograda durante los últimos 15 años, llovieron las marcas. Y, ahora, enumerarlas es muy difícil. El libre comercio que México eligió como política de gobierno atrajo inversiones que se han multiplicado.

Geográficamente, este país da acceso libre al principal mercado del mundo en unas cuantas horas y a bajos costos. La mano de obra es altamente especializada y más barata, por ejemplo, que en Argentina en 25 por ciento. Y el tipo de cambio que opera libremente no es un lastre ni para importaciones ni exportaciones comerciales.

Una muestra de la evolución de la industria automotriz mexicana es precisamente el país que gobierna la señora Cristina Fernández. Desde que México firmó el ACE 55 con Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, la industria nacional se mantuvo deficitaria.

Durante el 2003 y el 2004, México importaba 40,000 vehículos argentinos y no exportaba uno solo. En el 2005, compramos 52,717 autos de aquel país contra 5,802 que les vendimos. Se mantuvo el superávit argentino, pero con tendencia a la baja.

Durante el 2010, México tuvo un superávit de 23,600 autos. Y el año pasado el resultado negativo para los sudamericanos alcanzó en dólares los 832 millones.

No hay duda de que el mercado sudamericano, el brasileño y argentino específicamente, es muy importante para la industria mexicana, pero tampoco es determinante.

Los que más pierden son los consumidores. Los mexicanos porque en la represalia, además de vinos, cueros o ajos, debe haber impuestos compensatorios a los vehículos argentinos. Pero los comerciantes de aquel país pierden más, porque sus autos son más caros y, si es similar la situación a la de Brasil, tienen menor calidad que los ensamblados en México.

A pesar de ello, nuestro país no puede dejar doblegarse ante esta presión y su respuesta debe ser contundente. De lo contrario, hoy nos podría hacer llorar Argentina y mañana, cualquier otro país.

ecampos@eleconomista.com.mx