En defensa de las extrañas alianzas electorales PAN-PRD-MC y Morena-PES, diversas voces han argumentado que la lucha contra la corrupción o contra la pobreza justifican pasar por alto diferencias ideológicas que hace algunos años todavía distinguían a la “izquierda” de los partidos de base o inspiración confesional, entre ellos los derechos de las mujeres y de la población LGBTTI, a menudo usados como moneda de cambio en los pactos políticos.

Si bien toda preferencia política es respetable y sin duda la corrupción y la pobreza son problemas que urge combatir y resolver, no se puede pasar por alto lo que implica que agrupaciones abiertamente conservadoras ganen poder político de la mano de partidos “progresistas”, como es el caso del PES, partido contrario a la laicidad y las libertades, al que el arrastre de Morena puede otorgar una bancada significativa en el Congreso.

Las recientes declaraciones de Hugo Eric Flores contra el matrimonio igualitario, que considera “una moda”, no son ocurrencia electoral del líder del PES sino parte de un programa inspirado en una interpretación ortodoxa de la doctrina cristiana, envuelta en una retórica familista de cariz autoritario.

Ajeno al Artículo 40 constitucional que define a México como república laica, el diputado Flores declaró en el Congreso en el 2015 que es “un error sacar a Dios de la vida pública de México” y que hay que “vencer el malentendido laicismo”. Coherente con esta postura, el programa del PES 2017-2018 plantea garantizar la libertad religiosa y la posibilidad de que los servidores públicos ejerzan abiertamente su religión. Si esto último puede parecer inocuo, abrirle más la puerta a la religión en la esfera política favorece la injerencia de intereses particulares que equiparan sus creencias con “principios y valores universales” y ponen en riesgo tanto los derechos de las mujeres y la diversidad como la convivencia pacífica en la pluralidad que hoy garantiza el laicismo.

El cuestionamiento de la laicidad va de la mano con una visión autoritaria y excluyente que, en el programa del PES, se presenta como preocupación por “el fortalecimiento de la familia” (en singular), considerada “cimiento de la sociedad” y cuyo desarrollo el Estado no debe sólo proteger sino dirigir, como sugiere la propuesta de promover una Ley para el Desarrollo Familiar, de crear un Instituto Nacional, o Secretaría, de la Familia, y de ofrecer, desde el Estado, “educación matrimonial”. Este encuadre de la vida privada se concibe, además, a partir de la definición del matrimonio como “unión de dos personas de sexo complementario”, y como parte de un programa en que se postula “proteger la vida humana desde la concepción como derecho fundamental en todo el territorio nacional”, sin especificar excluyente alguno.

Si la oposición al aborto, como derecho fundamental de las mujeres, es explícita, la negación de la diversidad de las familias que existen en nuestro país y de los derechos de la población no heterosexual se dan por omisión: la familia es una, la tradicional; las demás son prescindibles —o pasajeras, como sugirió Flores.

Como otros discursos autoritarios, el del PES vela su verticalidad en un lenguaje políticamente correcto pero vaciado de sentido: ¿qué significan para el PES la perspectiva de género y la igualdad que menciona su programa? ¿Qué implica postular como objetivo “prevenir el embarazo adolescente” y declarar, como hiciera Flores, que para ello se requiere de una píldora o preservativo “en cada casa” para que las “jóvenes no se sigan embarazando”, sin mencionar siquiera la violencia sexual o el incesto?

Hablar de igualdad o de justicia social sin reconocer los derechos y libertades de las mujeres y de las personas y familias diversas es engañar y discriminar. Poner en cuestión la laicidad es minar la base de la convivencia en la pluralidad. Después del 1 de julio, la defensa de la igualdad tendrá que pasar por la defensa de derechos humanos que, desde el Congreso, el PES y otros intentarán minar o, como plantea Morena, poner a consulta.

lucia.melgar@gmail.com

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).