Aquel 1994 se estrenaba como un año complicado. A la alegría gubernamental por la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se le enfrentaba con una dosis de la otra realidad nacional:

la pobreza como caldo de cultivo ideal para un movimiento como el EZLN.

El país del sueño del primer mundo se enfrentaba a la realidad de la inestabilidad política y social que costaba en términos de confianza y, por lo tanto, de volatilidad en los mercados.

El asesinato de Luis Donaldo Colosio fue el superlativo del caos en la vida política nacional y no había manera de convencer a los inversionistas de que todo habría de estar bien. La consecuencia última de las crisis política, de confianza y financiera fue una terrible crisis que se destapó en diciembre de aquel 1994.

Los mercados, en su recuperación y proceso de maduración, aprendieron a ser más maduros ante las circunstancias políticas. La experiencia los había hecho responder con más talante frente a las malas noticias políticas.

Ahora, tras el asesinato del candidato priísta al gobierno de Tamaulipas, Rodolfo Torre, los mercados no permanecieron inamovibles. El mensaje de control del crimen organizado sobre toda una región del país está perfectamente claro.

El recuento de las acciones del crimen ya no se puede medir en el número de ejecuciones ni siquiera en la cantidad de enfrentamientos con las autoridades federales. Ya hay una medición cualitativa de sus alcances.

La noticia, no muy bien digerida, de que el crimen organizado tenía control sobre instalaciones de Petróleos Mexicanos, con todo y la comercialización de sus productos, no puede ser leída de otra forma que no sea que tienen el poder de control de territorio, dentro del país.

Ahora, el asesinato del candidato con más posibilidades de ganar la contienda del domingo es una muestra de que el crimen organizado tiene estrategia. No solamente se trata de la violencia por la violencia, sino la siembra del miedo entre la población sin temor a la represalia de la autoridad.

Hay un reto que es asumido por la población, por los mercados, como una medición de poder. Como una declaración de autonomía de un territorio que aparece en el mapa nacional, pero que en realidad parece tener una autoridad diferente.

Y ya no es que al mercado le interese si el candidato sustituto es Manuel Muñoz Cano o Oscar Luebbert o alguien más. Es la idea de que cualquier discrepancia del crimen organizado se paga con la vida, a cualquier nivel.

Puede parecer que una pérdida de 7 centavos del peso, como consecuencia de esta situación, es poco. Sobre todo si lo comparamos con los peores episodios de turbulencia con cargo a las noticias externas. Pero es justamente el hecho de que la inestabilidad interna sea capaz de mover las cotizaciones lo que debe llamar la atención.

México tiene un problema de violencia y está totalmente incrustado en la gobernabilidad. No hay por qué negar que la presencia de un experto en estados fallidos como Embajador de Estados Unidos no es un acto de la casualidad.

El crimen se está metiendo en la gobernabilidad y la estabilidad política del país, y no alcanzan los mensajes de palabras duras del Presidente o del Secretario de Gobernación para contrarrestar lo que la mafia ha decidido arreglar con balas.

La primera piedra

Hasta ahora, el diagnóstico había correspondido a la condición actual de un maltrecho sistema fiscal que ha impedido que México pueda aspirar a un desarrollo que rebase la mediocridad actual.

Pero la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Alicia Bárcena, identifica muy bien la baja recaudación, la alta evasión y la gran cantidad de exenciones fiscales tan características de México como un paraíso fiscal de facto.

Así, bajo esta perspectiva, las fallas del sistema fiscal se inscriben más en la tolerancia del crimen, que en el simple pretexto de que no han llegado los tiempos políticos precisos para hacer los cambios.

La reacción más lógica a este planteamiento será la descalificación antes que aceptar que dejar a este país sin las herramientas necesarias no es una simple travesura, es una actitud autodestructiva.