Hace tiempo, para escribir en un blog sobre violencia en contra de la mujer (“UnDiaDijeBasta”), revisé la Encuesta Nacional de Inseguridad 2016, que recoge, entre otros datos, la información que permite entender los distintos niveles de la violencia que sufren las mujeres, tanto a lo largo de su vida, como dentro y fuera del hogar.

Los datos son abrumadores y; para cualquiera que entienda un poco de estadística, con un mínimo de empatía y que pueda hacer a un lado sus prejuicios y atavismos; deberían ser escandalosos y ofensivos. Una de cada dos mujeres de 15 años y más ha sufrido violencia emocional. Cuatro de cada 10 ha sufrido violencia sexual.  Casi 4 de cada 10 ha sufrido violencia física, así como violencia económica o alguna forma de discriminación de género.

Para aquellos que, mostrando ignorancia, insensibilidad o un franco deterioro de sus capacidades cognitivas, esgrimen argumentos como “a los hombres nos matan más”; estas cifras deberían mostrarles que la violencia hacia las mujeres se deriva de su propia condición de género, lo cual la hace diferente de la que enfrentamos los hombres. La violencia hacia las mujeres se ejerce por el hecho de que son mujeres. La violencia hacia los hombres se inscribe en el problema de Seguridad Pública general de nuestra sociedad. La condición de género agrega niveles y capas de violencia específicas y diferentes en contra de las mujeres, como en todos aquellos delitos de connotación sexual.

De acuerdo con la encuesta, mayoritariamente la agresión viene del entorno cercano a las mujeres. En el ámbito estudiantil la mitad de las agresiones proviene de compañeros de escuela. En lo laboral, más de un tercio viene de compañeros de trabajo y 40% viene de superiores jerárquicos. En lo familiar, 40% de los agresores son sus hermanos o padres. Y eso sin contar las agresiones sexuales y feminicidios que crecen sin control en el país.

La mayor parte de estas agresiones permanecen impunes. Por un lado, la violencia se encuentra tan normalizada que cerca de la mitad de los eventos de violencia física o sexual no son reportados, porque se consideran como parte de una cotidianidad.

La normalización de la violencia impide que muchos de estos actos deleznables sean públicamente señalados o presentados ante la autoridad. Y más allá de reformas y discursos, los complejos e ineficientes mecanismos operativos reales que enfrentan las mujeres para denunciar fomentan la impunidad y favorecen la continuación de la violencia (como en el caso del repugnante Andrés Roemer).

Como cada año, en estas fechas escuchamos argumentos que, más que centrarse en la naturaleza y gravedad del problema, se centran en lo accesorio. Las muestras de disgusto por las más que válidas expresiones de inconformidad de las mujeres semejan a alguien que se queja porque los bomberos mojaron su sala, mientras intentaban apagar el fuego que consumía la casa.

Desde los espantosos incidentes relacionados con las muertas de Juárez a principios de la década de los 90 a la fecha, en los hechos, como sociedad no hemos corregido el fenómeno de la violencia de género y, peor aún, hemos trivializado la discusión o acusado de manipulación a las protestas; acusaciones que reflejan al mismo tiempo paranoia e ignorancia.

Como hace algún tiempo escribí, aquellos que no ven la gravedad del problema de la violencia hacia las mujeres y no se indignan activamente para corregirla, probablemente no tienen hermanas, hijas, esposas, madres o amigas y, si las tienen, jamás las han escuchado.

raul@martinezsolares.com.mx

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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