Trump ya se fue pero su visión de la economía sigue arraigada y su influencia prevalece en la presidencia de Joe Biden, con los mismos expertos que promovieron las falsas profecías que reforzaron el orden social y económico desigual, explotador e irracional que engendró al trumpismo.

ATENAS – Los opositores del ex presidente de Estados Unidos Donald Trump lo acusan de mentiroso. Pero Trump es mucho peor que un mentiroso. Muchos políticos mienten para encubrir verdades incómodas. Pero Trump puede adornar largas secuencias de enorme mendacidad con verdades que ningún otro presidente alguna vez admitiría, desde desestimar la visión dominante de la globalización como inequívocamente beneficiosa hasta admitir que, efectivamente, intentó desfinanciar el Servicio Postal de Estados Unidos para que a los demócratas les resultara más difícil votar.

Los científicos tienen buenos motivos para celebrar la partida de Trump, a juzgar por su evidente alivio de que ahora van a poder presentar datos epidemiológicos desde el estrado de la Casa Blanca sin miedo a las represalias. Pero para determinar si podemos esperar un resurgimiento generalizado de la verdad en la presidencia de Joe Biden, tenemos que empezar por recordar cómo disciernen la verdad nuestras sociedades.

Los liberales adoran la analogía del mercado. Al igual que los dispositivos, las opiniones se esgrimen en el gran mercado de las ideas, donde un proceso descentralizado, que involucra a consumidores y productores de opiniones y noticias, las evalúa. Las opiniones verdaderas superan a las falsas.

Desafortunadamente, el mercado de ideas es en sí mismo una mentira. A diferencia de los dispositivos o las frutillas, la utilidad de las ideas no se puede juzgar a nivel individual. El ciudadano promedio no puede comprobar, sobre la base de la experiencia personal, la verdad del darwinismo, la relatividad especial de Einstein o el argumento de Keynes de que la política monetaria deja de funcionar una vez que las tasas de interés llegan a cero. Es por eso que confiamos en instituciones desequilibradas e inherentemente antidemocráticas para probar esas teorías en nuestro nombre.

Las universidades y las asociaciones científicas asumen la tarea de filtrar la falsedad. A diferencia de la analogía del mercado, operan como una liga centralmente planificada que organiza el proceso jerárquico de revisión de pares con miras a falsificar premisas desapasionadamente.

Todos los científicos tienen motivos para que su propia teoría sobreviva este proceso, pero al menos en las ciencias naturales, existen protocolos que se observan de manera estricta y que garantizan que las teorías no respaldadas empíricamente se disuelvan a la luz de la evidencia.

El proceso científico desproporcionado e impersonal liberó a nuestros ancestros de la ignorancia y, junto con la mercantilización, derrocó a la madre de todos los sistemas verticalistas: el feudalismo.

Trump es más peligroso que un simple mentiroso porque encontró la manera de explotar el otro yo económico de la ciencia. Detrás de cada política de gobierno que nos afecta acecha alguna hipótesis económica cuya autoridad es respaldada por un proceso de revisión de pares que a simple vista se puede confundir con el proceso científico. La economía hasta llega a otorgar su propio premio Nobel. Pero no es el auténtico, lo que lo convierte en el gran aliado, aunque involuntario, de Trump.

Consideremos los tres pilares de cualquier teoría conspirativa popular. Les ofrece a los adeptos la sensación vertiginosa de que poseen un conocimiento superior. Los autoriza a exponer las razones egoístas de los expertos para difundir mentiras. Y, por último, los alista en una causa que es superior a sí mismos contra un enemigo que no se detendrá ante nada para impedir que la verdad salga a la luz.

No olvidemos que estos son los mismos pilares que respaldaron la revolución científica. Lo que diferencia a la ciencia es el proceso de falsificación. Los teóricos de la conspiración no le temen a la evidencia empírica, porque pueden fundamentarla o incorporarla en la propia teoría. Por el contrario, la evidencia empírica ayuda a la ciencia a desestimar la mentira, debido a la indiferencia de la naturaleza a nuestras teorías sobre ella. El clima hará lo que quiera, más allá de las predicciones de una meteoróloga, de modo que cuando las predicciones de la meteoróloga son equivocadas, su modelo debe ser erróneo.

¿Alguna vez se han preguntado cómo dos economistas premiados con el Nobel, que a veces comparten el premio en el mismo año, pueden considerarse mutuamente charlatanes? Esto nunca sucedería entre los físicos o biólogos galardonados con un premio Nobel. La razón de que suceda entre los economistas es que los mercados y las sociedades no tienen nada que ver con el clima. A diferencia de la meteorología, si un analista financiero venerable predice una marcada caída en la bolsa, esa caída sucederá, aunque el analista estuviera ebrio cuando hizo la predicción.

Es por esto que ni el triunfo ni el fracaso empírico hacen que una teoría económica alguna vez sea descartada. Al igual que los teóricos de la conspiración y los teólogos, economistas de diferentes escuelas –keynesianos, monetaristas y marxistas, por ejemplo- pueden explicar cada observación posible dentro de los confines de su paradigma particular. Y, al igual que las religiones, el credo prevaleciente resulta de las luchas de poder entre grupos que esconden sus intereses detrás de diferentes dogmas.

Aquí reside la oportunidad de Donald Trump. Durante décadas antes de su elección, una cantidad innumerable de gente desamparada venía escuchando a expertos económicos decirles que las políticas que les estaban destruyendo la vida sobrevivieron al proceso de falsificación científica. Fue una mentira monstruosa que le permitió a Trump usar su desesperación en contra del “establishment” –y también en contra de una ética científica contaminada por su asociación con la economía.

Trump ya se fue, afortunadamente. Pero la visión de la economía que le dio a Trump su asidero político sigue arraigada, y su influencia es aún mayor en la presidencia de Joe Biden. La nueva administración rebosa de los mismos expertos que promovieron las falsas profecías que reforzaron el orden social y económico desigual, explotador e irracional que engendró al trumpismo.

Consideremos como algo “natural” su invención de la noción mística de desempleo para explicar el fracaso de su teoría de que reducir los salarios reales fomenta el empleo. O recordemos cómo, cuando la desregulación que promovían causó la crisis financiera, culparon a la extralimitación del estado en el negocio de las hipotecas, presionando a la vez a los gobiernos a rescatar a sus pagadores desregulados.

La normalidad ha regresado a la Casa Blanca. Biden no intentará mentir, y recurrirá cuando deba hacerlo a ser escueto con la verdad. Pero, por otro lado, nunca revelará verdades cruciales como las que ocasionalmente dejó escapar Trump. Por ende, la verdad seguirá estando bajo el asedio de los expertos que se desempeñan en la nueva administración y del trumpismo –el movimiento que trajeron al mundo las políticas tóxicas que respaldaron las falsas verdades económicas de estos expertos.

El autor

Yanis Varoufakis, ex ministro de Finanzas de Grecia, es líder del partido MeRA25 y profesor de economía en la Universidad de Atenas.

Copyright: Project Syndicate, 2020

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