No desesperemos, pronto habrá una vacuna para dejar atrás esta pesadilla planetaria, pero hay que prepararnos para inyectarla. El gobierno de México, a través de la secretaría de Relaciones Exteriores, ha dado pasos entusiastas para garantizar que, sea quien sea quien tenga primero la vacuna, algo de eso llegue tanto a Yucatán como a Sonora. 

Y la carrera está de alarido: no sólo los alemanes, los norteamericanos, franceses y chinos están en recta final por la vacuna. También Brasil, Rusia y hasta Erdogan en Turquía anuncia que en su país ya casi casi. 

¿Por qué México no? No es tecnología de Marte, me explica un biólogo molecular de la Universidad de Guadalajara. Sintetizar virus, simularlos, hacer vacunas de vectores y producir proteínas es ya cosa de todos los días. Bueno, no de todos los días. En el laboratorio de una universidad mexicana potente se puede crear una dosis para experimentar en una rata (por ejemplo) en un lapso que va de dos semanas a un mes. De aquí a que hacen las dosis necesarias para experimentar una vacuna que le urge al mundo y que se debe aplicar no sólo en animales sino en miles de humanos durante la fase de experimentación, nos haríamos viejos. 

Pero no es imposible. Es un tema de centavos y de tipo de hornos. Qué digo centavos. Dólares y muchos, pero tampoco tantos como para que un gobierno no pueda hacerse cargo. 

Se estima que con 1,200 millones de pesos se podría tener un laboratorio con el horno adecuado. Es decir, un biorreactor que permitiera “ordeñar” billones de bacterias simultáneamente para generar proteínas. En español: un horno industrial para hacer millones de bollos a la vez y no un pastelito en un mes. 

Inmunólogos, biotecnólogos, biológos moleculares y bioquímicos tenemos de los mejores. Su trayectoria y certificaciones no sólo nos permiten trabajar una vacuna de vanguardia (una de proteínas recombinantes, con rediseño genético, no la broma de los vectores), sino que además nos permitiría conocer el porcentaje de eficacia en población mexicana. Les advierto, cuando llegue la vacuna, tendremos varios problemas, no sólo los de la distribución, sino los que implica el hecho de que no se haya hecho vigilancia en México. Es decir: falta ver cómo reaccionan los sabrosos cuerpos mexicanos. 

¿Por qué estamos esperando a que los alemanes terminen de probar la vacuna? Por la misma razón por la que se recorta presupuesto a la ciencia, se menosprecia el conocimiento y se desdeña la experiencia privada desde el poder. 

No es necesario recordarles lo que se hizo con los fideicomisos de instituciones académicas y el apretón que viene para Conacyt y para las universidades públicas. Tampoco es necesario que les recuerde que la Cofepris es incapaz de aceptar nanotecnología que se aprueba en tres semanas en la FDA norteamericana porque no tiene protocolos de evaluación para conocimiento de frontera. Nadie les pida que los tengan. Si no menospreciaran a las universidades y a los expertos mexicanos, también podrían alcanzar tiempos como los gringos. 

Tampoco es necesario que nos detengamos a cuestionar el rompimiento de relaciones entre la administración federal y las grandes farmacéuticas mexicanas, que no son santas ni son tantas, pero son potentes y tienen la capacidad para trabajar con el país en una emergencia como esta. 

La altivez de la ignorancia es cara, como es cara también la parálisis a la que obliga el rencor. La tríada universidad-gobierno-empresas, tan desdeñada por el gobierno, por las empresas y en ocasiones también por las universidades, es una coalición ganadora, ¿dónde hay que ponerlo en letras de oro? Hoy esa coalición es una rareza en México, pero no tiene por qué seguir así. Hagan sus cuentas: 1,200 millones de pesos, instalaciones que ya existen en las farmaceúticas y que sólo requieren adaptación, y juntar a los científicos mexicanos extraordinarios que hoy están de floreros. No se ve tan difícil, ¿no?

Vamos tarde: que lleguen las vacunas que ya están. Pero el 2022 está a la vuelta de la esquina, hay mutaciones, y Pfizer no nos surtirá por siempre a todos.

 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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