Tres centenares de diputados federales, 60 senadores y una docena gobernadores en 21 años. El desem­peño electoral del PRD es más bien modesto. O mediocre, depende cómo se le juzgue.

En este lapso ha transitado de la intransigencia democrática -propuesta en las primeras etapas por Porfirio Muñoz Ledo y sus afines- a un franco colaboracionismo con el PAN. Ambos posicionamientos eclipsan el leit motiv que mantiene desde hace dos décadas: interrumpir la hegemonía político-administrativa del PRI.

Ahora, el partido del sol azteca afronta circunstancias aún más difíciles que en el salinismo, cuando más de 300 militantes del partido del sol azteca fueron asesinados. La pulverización iniciada hace 11 años -cuando se anuló el proceso interno para elegir al sustituto de Andrés Manuel López Obrador como Presidente nacional- ha llevado a las tribus a un matrimonio por conveniencia , que no será divorcio... hasta el 2012.

Ni partido-movimiento , como propuso Cuauhtémoc Cárdenas, ni el frente de izquierdas que siempre han postulado los chuchos y los amalios inspirados por el Frepaso uruguayo. Lo que mejor ha hecho el PRD es generar un ejército de operadores electorales. Los dominantes, sin duda, están en el DF y, entre ellos, en niveles casi inigualables, se cuenta René Bejarano. Pésele a quien le pese.

Frente a la selección de su candidato presidencial, el partido debe escoger su camino en un entorno de crisis. En las federales del 2009 apenas pudo conseguir 12% de la votación nacional; las probabilidades de que nuevamente integre una coalición electoral con el PT y Convergencia son exiguas. Y serán microscópicas, después de la debacle electoral que sufrirá la izquierda en los comicios de este año.

¿La participación del perredismo en los comicios del 2012 será testimonial? Si hay claridad en la ruta y voluntad política de sus principales liderazgos, no.

Quizá deban observar el caso colombiano, donde las fuerzas progresistas están a punto de desbancar a la derecha del poder político. La fórmula, por demás, es simple y se basa en un concepto irrebatible: hacer política desde la cooperación.

Los progresistas colombianos habían erigido su bastión en Bogotá, que han gobernado durante cuatro periodos consecutivos. Tres lustros de experiencia acumulada en los que la capital de aquella nación logró cambiar su rostro. El desorden vial quedó solucionado y la violencia en las calles fue abatida gracias a la capilaridad social impulsada por el alcalde, Antanas Mockus.

Fue más difícil reconvertir al partido Opción Centro en una formación abierta, donde cupieran otras fuerzas sociales y políticas. Así nació el Partido Verde, que seleccionó a su candidato presidencial entre los tres anteriores alcaldes de Bogotá. Claro que importaba quién estuviera mejor posicionado –así se decidió, de hecho, la postulación de Mockus– pero esta nueva agrupación ha ofrecido una propuesta que conjuga lo mejor de los tres exalcaldes.

Bien podría hacer eso el PRD, que tiene en el actual jefe del gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, y a su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, a sus principales figuras. El primero ha demostrado ser un gobernante eficaz, con una técnica más racional. El segundo, en cambio, es más intuición que estrategia. Más doctrina que pragmatismo. De una congruencia que raya en la necedad; su ética ha logrado asegurar un capital político que necesita cualquiera que busque competir, desde la izquierda, por la Presidencia.

Alguna posibilidad de triunfo en el 2012, para el PRD, pasa necesariamente por una reconciliación con los ciudadanos que sea inversamente proporcional a su alejamiento de las tribus. La dominante –a la que pertenecen el presidente del secretariado nacional, Jesús Ortega, y el líder del senado, Carlos Navarrete– sabe que no cuenta entre sus filas con una figura de reconocimiento nacional, por lo que impulsan una candidatura ciudadana , sobre la base de corregir un déficit crónico del sol azteca: su falta de penetración entre la clase media, sobre todo en el occidente y el norte del país.

Algo de emoción y esperanza entre muchos escépticos y abstencionistas logró López Obrador en su campaña electoral del 2006. En esos comicios, decepcionados de la política tradicional, un amplio grupo de electores escogió la vía electoral. Las sospechas de fraude y la resistencia poselectoral los han llevado al ostracismo. O mejor dicho, al anulismo, que hoy por hoy también es un enemigo real del PRD.

La única alternativa de éxito para el PRD en las próximas presidencias es el acuerdo de sus principales liderazgos y la construcción de una oferta programática que le venda a los electores su experiencia en el gobierno, una solución efectiva a los problemas que desconsuelan a la población. Y eso, más que una campaña política o una estructura electoral de alcance nacional, implica la construcción de un movimiento social que posibilite el progreso y no el regreso a fórmulas antiguas, caducas.

Progreso social o reformismo del sistema político. Una ampliación de los márgenes para los profesionales de la política o el bienestar de amplias masas sociales golpeadas por la crisis económica y la inseguridad. Ésa es la disyuntiva.