La mayoría de los humanos hemos vivido la amarga experiencia de la traición. Esto es, después de depositar toda nuestra confianza y afecto en un supuesto amigo, inesperadamente nos sorprende con su falta de lealtad y compromiso y generalmente con el afan de perjudicarnos o destruirnos. Esto sucede sin mayor aviso, inesperadamente y nos lastima en lo profundo y muchas veces para siempre.

Traidores famosos hay muchisimos en la historia y en la literatura. Y creo que, en el fondo, aunque profesemos la lealtad, siempre queda en la parte más oscura de cada persona ese instinto de supervivencia capaz de obligarnos a hacer lo indecible para conseguir algo o salvarnos.

Judas Iscariote es el traidor emblemático, podríamos decir que es el desleal más famoso de todos los tiempos. Primero, acompañó y apoyó a Jesus como parte de sus seguidores más cercanos y, cuando fue tentado por el poder, vendió a su maestro, como sabemos todos, por 30 monedas de plata. Como se dice ahora, le dio una puñalada por la espalda. Otro famoso traidor es, desde luego, Brutus, discípulo apreciado y querido por Julio César (gobernante romano, al final de sus días percibido como un tirano). El discípulo no dudo en urdir un complot —tan de moda en estos tiempos— para matar al dictador y terminar así su mandato. ¡Ah, la humanidad! generalmente con actitudes tan lamentables.

Pero no nos vayamos tan atrás, la traición en el amor, en el trato cotidiano, en la amistad, en los negocios y desde luego en la política es algo de todos los días. Pareciera, lamentablemente, como si todas las personas tuvieran un precio. Para deshacer los compromisos y romper las alianzas solo hay que llegar a un precio, para que, en ese momento, el más íntegro se doble, cuanto más los que no lo son.

En los juicios de Núremberg, al término de la II Guerra Mundial, no faltó alguno de los asesinos nazis, Speer por mencionar uno, que por salvar el pellejo dijera que no estaba enterado del genocidio en los campos de concentración o que solo se limitaba a cumplir órdenes, como si se tratara de un robot sin capacidad de tomar decisiones.

La tortura, la presión económica o fiscal, el chantaje o los acuerdos hábilmente planteados (libertad y/o hacerse de la vista gorda) por los poderosos, hacen que muchos delincuentes y/o cómplices de delitos graves o incluso personas inocentes, se inclinen por la práctica del “Bel Canto” y se decidan a cantar las rancheras, las que se saben, las que no se saben y hasta las que (en la hora de las complacencias) sean oportunas y necesarias en cada momento. Ante tal situación resulta prácticamente imposible pensar que en algún momento sabremos la verdad o que se llevarán a cabo jucios con expedientes bien integrados, que cumplan con el debido proceso o que se respetará la presunción de inocencia, o simplemente, que las autoridades actuarán conforme a la ley. Pienso tristemente que nada de esto sucederá. Hemos llegado al punto de exigirle a un presunto culpable, que para que se aplique en su caso la ley, es necesario cantar, cantar bonito, afinado y bien.

Por lo pronro continua el gran espectáculo. Seguramente hasta los procesos electorales del 2021 seguiremos viendo el lamentable drama humano de los que traicionan al otro para seguir traicionándose a si mismos. Cosas de la ambición, el narcisismo y el poder.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.