La campaña electoral en Brasil parece un guion de una popular telenovela producida por la Red Globo. Bien podría ser una versión de la política de Vale Todo, una telenovela muy famosa de fines de la década de 1980, que retrataba con crudeza los caminos acerca de cómo salir adelante en la vida en medio de una crisis económica y moral de la sociedad. En el relato de la política del Brasil de hoy también está presente una descomposición triste y alarmante del país económicamente más importante de América Latina y uno de los principales del mundo.

La salida de Luiz Inácio Lula da Silva de la carrera presidencial —acusado en segunda instancia de hechos de corrupción—, ha profundizado la incertidumbre del resultado electoral y radicalizado la campaña de cara a la primera vuelta como nunca antes en la historia reciente del país. Es un escenario político tan dramático que, como dice un reciente artículo de la agencia AFP, “el gigante latinoamericano tiene ahora a un presidiario y a un convaleciente como protagonistas, dos figuras que cosechan el mayor apoyo popular, pero también los mayores índices de rechazo”, en referencia a Lula y a Jair Bolsonaro, un excapitán del Ejército, de 63 años, que registraba 22% de intenciones de voto, 10 puntos más que sus más inmediatos seguidores, en una encuesta de Ibope realizada antes de que este candidato de extrema derecha y populista fuera apuñalado durante un acto de campaña.

Sin Lula en la lucha electoral, y un remplazante —Fernando Haddad— que no da con la talla, Bolsonaro mejora su chance en la elección del 5 de octubre —una tendencia que se fortalece luego del ataque que pudo costarle la vida—, aunque las encuestas revelan que perdería ante un candidato más moderado como la ecologista Marina Silva o el de centro izquierda Ciro Gomes.

La confianza de los mercados e inversionistas conquistada durante los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y el propio Lula desapareció completamente ante el cáncer de la corrupción, el clima de inseguridad y las dificultades económicas.

Los votos a Lula —y que trata sin éxito de mantener la izquierda— provienen mayoritariamente de los sectores pobres que se habían visto beneficiados de los programas sociales de los gobiernos del Partido de los Trabajadores, pero que fueron perjudicados por la crisis económica. Un total de 23.3 millones de personas vivían bajo la línea de pobreza en Brasil a fines del 2017, lo que representa un aumento de 33% en tres años, de acuerdo a un estudio de la Fundación Getúlio Vargas.

Por el lado de Bolsonaro, sus principales apoyos se encuentran entre los jóvenes y en sectores con mayores ingresos y mayor nivel educativo, un electorado, además, más masculino (28%) que femenino (16%) y más blanco (26%) que negro y mestizo (19%), según otra encuesta de Ibope.

La telenovela política brasileña muestra un país fuertemente dividido, dominado por la furia que desata la mala gestión de la política y la falta de credibilidad de los candidatos. Brasil enfrenta un cóctel explosivo que para algunos analistas hace que esté en un “momento existencial” de su historia. Y no es un guion de ficción. Es una realidad descarnada que ya nos afecta a todos. Es de esperar que este panorama oscuro se aclare y para bien en los próximos meses.