Por las venas de la política mexicana corre ese populismo que encuentra en la salida fácil un placebo para muchos problemas. Beneficios aparentes que encubren o solucionan temporalmente algunos problemas.

La historia está llena de ejemplos de esta práctica. No ha escapado a nadie -ni siquiera a esta actual administración de derecha- incurrir en soluciones agradables para una amplia mayoría, aunque implique costos adicionales.

Y ni qué decir de los gobiernos priístas que abusaban de las medidas populistas como una manera de mantener la armonía y, con ella, el poder, a pesar de que la mayoría de las medidas -contrarias a lo prudente pero populares- generó enormes distorsiones que hasta estos días se mantienen como lastres.

Y, dentro de los tricolores, un retoño que se desprendió del árbol tricolor y que ha dado frutos amarillos de enormes propiedades populistas disfrazadas de una bandera progresista que es todo menos una expresión socialista.

Tres asuntos recientes han despertado la tentación populista de algunos de los que hoy buscan la Presidencia de la República.

El primer caso es el del precio de las gasolinas. Es un hecho incontrovertible que estos combustibles son utilizados por una minoría que posee automóvil y que lo seguirá usando mientras el transporte público sea tan ineficiente.

Hasta más de 100,000 millones de pesos se destinan al año de los recursos públicos para pagar la diferencia entre el precio real de las gasolinas y el precio al público en México.

Es dinero que no se puede invertir en gasto social, creación de infraestructura, mejoramiento del transporte público o cualquier otra cosa que tenga un alcance mayor que ayudar a los que tienen coche a que quemen esos recursos.

Desde que se soñaba con administrar la abundancia petrolera en este país se ha premiado a estos sectores propietarios de autos de combustión interna.

Hasta nuestros días, cuando el actual gobierno cayó en la tentación del congelamiento de los precios hace tres años.

Poco hablan los candidatos de este tema, porque saben que es más grande el problema que les puede causar una promesa tan cara como bajar los precios de las gasolinas, contra un beneficio electoral acotado.

Pero hay otros temas que se han convertido en muestras de los estilos de gobernar que ofrecen al menos dos de los tres principales candidatos.

La panista Vázquez Mota podrá no ser la candidata del presidente Calderón pero sí representa las políticas que, para bien o para mal, ha aplicado su partido durante 12 años. Claro que debería tener más imaginación y osadía para hacer propuestas.

Pero los otros dos, hijos del populismo histórico de este país, no tienen empacho en lanzar los más osados planteamientos del peor de los populismos.

El segundo ejemplo es el caso de Mexicana de Aviación, que es peor todavía que el caso de las gasolinas. Esta línea aérea es una empresa privada, mal manejada, ahogada por sus sindicatos y sus costos operativos. Es una empresa que usaba un porcentaje muy bajo de la población que, tras su interrupción de operaciones, no dejó ningún hueco descubierto, gracias a la competencia.

Es un hecho: Mexicana no es una empresa estratégica. No es indispensable. No por ello deja de ser un caso lamentable por sus empleados, por la tradición y por el nombre que porta. Pero eso no es suficiente como para que Peña Nieto ofrezca rescatarla con dinero público, en caso de llegar a la Presidencia. Eso es el más rancio populismo del priísmo setentero.

El tercer caso, de muchos más que se manifiestan diariamente, tiene que ver con un evento que está dirigido a atraer inversiones turísticas para el país y que también ha despertado una batalla política absurda.

Llamado por años el Tianguis Turístico de Acapulco, este evento está diseñado para empresarios, no para los turistas. La movilidad de este encuentro de negocios es una de las mejores ideas que se hayan adoptado desde la administración pública de la actividad turística.

La edición en Jalisco y Nayarit de este encuentro demostró que la decisión fue correcta y que no hay nada mejor que la competencia.

Pero la novedad es que tanto el priísta Peña Nieto como el expriísta Andrés Manuel López Obrador tienen como oferta de campaña regresar a Acapulco un evento que realmente no le sirve para despegar y que sí afecta a la industria.

El populismo está presente, muy presente en las campañas. Y, realmente, hay que temer esta práctica.

ecampos@eleconomista.com.mx