A principios de esta semana el Congreso Popular Nacional de China fijó la meta de crecimiento para este año en 7.5%, cifra idéntica a la meta establecida para el 2013. Aunque el objetivo es considerablemente menor al crecimiento promedio de los últimos 10 años, dicha cifra se antoja difícil de alcanzar sin estímulos adicionales en el contexto actual.

Como hemos mencionado en este espacio, la economía china está atravesando un proceso de marcada desaceleración y enfrenta un reto crucial para transformar su modelo económico. El establecer una meta rígida de crecimiento no necesariamente es una buena noticia para el proceso de transformación del modelo económico.

En un escenario de desaceleración como el actual no sería sorprendente que el liderazgo chino se apoyara en algunos viejos vicios para apuntalar el crecimiento. En lo que va del año la mayoría de los indicadores principales de la economía china han tenido un desempeño decepcionante, incluyendo el dato más reciente de exportaciones que mostró una contracción inesperada.

La transformación del modelo implica una transición de una economía cuyo principal motor fueron primero las exportaciones y después la inversión pública, a una donde el consumo doméstico y la inversión privada juegan un papel más preponderante. El nuevo liderazgo en China está consciente de que para lograr esto es necesario implantar reformas que disminuyan la dependencia del sector público e incentiven una mayor participación del sector privado.

Sin embargo, esto implica una transferencia enorme de riqueza de las grandes paraestatales al consumidor, lo cual podría ser un proceso lento y complicado. La tentación de recurrir a viejos trucos para estimular la economía podría tener un impacto positivo este año, pero las consecuencias podrían ser costosas en el mediano plazo.

El discurso del nuevo liderazgo ha estado enfocado en preocuparse más por la calidad del crecimiento y los fundamentos detrás de las cifras económicas, inclusive aceptando que la economía china no puede seguir dependiendo del gasto e inversión pública y del financiamiento barato de los bancos estatales.

Sin embargo, sus acciones más recientes no necesariamente respaldan el discurso. Por un lado, el crédito barato sigue fluyendo y la deuda de los gobiernos locales ha aumentado casi 70% desde el 2010, mientras que la deuda privada ha llegado a niveles inusitados.

Por otro lado, el gobierno ha estado manipulando el yuan chino, provocando su depreciación más importante frente al dólar y al euro en los últimos 10 años. Aunque para muchos expertos esta depreciación fue artificialmente promovida para evitar posiciones especulativas en favor del yuan antes de una posible transición a un régimen más flexible, también hay quienes interpretan la medida como un estímulo al decaído sector exportador.

De ser correcta esta segunda interpretación, la medida iría en sentido totalmente opuesto a lo dicho por el nuevo liderazgo que ha reconocido que la apreciación del yuan es fundamental para contribuir a incrementar el poder de compra de los consumidores chinos y fomentar una mayor demanda interna, corrigiendo algunos desequilibrios externos importantes.

Los próximos meses y las próximas acciones del gobierno chino serán claves para entender si en realidad existe un compromiso con la transición a un nuevo modelo económico más balanceado, o si la tentación por alcanzar metas de crecimiento se dará a costa de dicha transición.