Falta un largo año antes de las elecciones de Estados Unidos. Todavía es muy pronto para poder hacer un pronóstico que pudiera valer, pero lo que ahora ocurre en las precampañas es la semilla de lo que habrá de discutirse en la contienda del próximo año y de hecho lo que podría marcar el estilo del próximo gobierno.

Hay una tendencia mundial en las democracias de irse a los extremos. Tras la gran recesión mundial del 2008 son muy pocos los países que han logrado recuperarse del todo y con ello tener una tranquilidad en el bolsillo que no haga a los ciudadanos reaccionar enojados en lo político.

Un ejemplo de lo que pueden hacer los ciudadanos cuando están inconformes lo vimos en Grecia, donde pasaron por todo el espectro político posible hasta que llegaron a la extrema izquierda de Syriza, con la suerte de que ya en el poder actuaron responsablemente.

Otros con menos suerte son los venezolanos, que votaron muy enojados contra las opciones tradicionales y como resultado llevaron a Hugo Chávez al poder; el resto es historia.

Estados Unidos no está en una crisis económica ni mucho menos, pero ciertamente los ciudadanos quisieran mucho más de lo que tienen, además de que están hartos de la parálisis provocada por las disputas de poder entre demócratas y republicanos.

Por eso cuando llega un populista como Donald Trump a dorarles la píldora a muchos estadounidenses que han visto mermado su nivel de vida, logra su atención. Sobre todo cuando en su afán de simplificar las cosas encuentra en los inmigrantes mexicanos un enemigo fácil de identificar.

La banalización que hace Trump del papel de los mexicanos en Estados Unidos y su ubicación como narcotraficantes, delincuentes y violadores permite a muchos irreflexivos sajones encontrar explicación a sus desgracias y esperanza para sus causas.

Desafortunadamente los que más están ayudando a que este discurso permee y se mantenga son los grupos latinos en Estados Unidos que le hacen caso, muerden el anzuelo, reaccionan y hacen que el tema le funcione con los fines propagandísticos con los que el equipo de Trump lo pensó.

Por la lejanía de las elecciones y lo inconsistente del discurso de Donald Trump, hay posibilidades reales de que este personaje no se convierta ni siquiera en el candidato republicano a la Presidencia. Se mantiene alto en las encuestas, pero se ha desinflado.

El problema es que ese discurso ya permeó en la sociedad y también en la clase política que si nota la necesidad de tirarse hacia los extremos, puede encontrar en la política migratoria un nicho importante para ganar votantes. Para nadie es un secreto que entre los mayores opositores a que lleguen mexicanos a Estados Unidos están los mexicanos que ya están en Estados Unidos. Un simple asunto de competencia por el mercado.

Podrían no sostener la idiotez de que México pague la construcción de una muralla, pero sí podrían endurecer sus planes de expulsión de mexicanos indocumentados. Y digo mexicanos porque el criterio de revisión de la situación migratoria podría ser determinado por el color de la piel.

Trump ya tiene lo que tanto quería: una polémica nacional, internacional, que aumente el valor de la marca que más le importa a este hombre de negocios: la marca Donald Trump.