Las revisiones recientes de la tasa del Producto Interno Bruto (PIB) resultaron en un crecimiento acumulado para los tres primeros trimestres de 0 por ciento. Se revisó la serie desestacionalizada hacia atrás y ello registró que desde el cuarto trimestre del 2018 y los dos primeros de este año, la tasa trimestral fue negativa en -0.01% en cada uno de ellos. La cifra correspondiente al tercer trimestre del 2019 fue de 0.01 por ciento. Un muy mal arranque para un primer año de gobierno. Con estos resultados, varios analistas declararon que “ahora sí la economía mexicana está en recesión técnica”.

Ya en este espacio (22 de octubre) había señalado el criterio aceptado internacionalmente para declarar una recesión: una “caída significativa y generalizada del PIB de por lo menos seis meses”. Si bien el desempeño de la actividad económica actual es insatisfactorio, no puede catalogarse como una recesión, pues hay sectores y regiones que muestran expansiones positivas.

De lo que no cabe duda es que la economía se encuentra en una grave fase de estancamiento. Por ello, la discusión de si nos encontramos en una recesión o no, es irrelevante y al final se reduce a una cuestión de semántica. Incluso el prurito estadístico de basarse en cifras de 3 dígitos es inútil: muchos señalaron como las “verdaderas” tasas para los tres primeros trimestres del 2019 a: -0.094, -0.060 y 0.013. El hecho es que la economía no tiene dinamismo principalmente porque la inversión está deprimida. Realmente hace poca diferencia si estamos sentados junto a la orquesta en la popa del Titanic o si estamos en el camarote de la proa. Por ello reduzco el tema a una cuestión de semántica: la economía va mal, punto.

Se ha repetido mucho el argumento de que, en todos los primeros años de un sexenio, el PIB es bajo principalmente por el cambio de administración y que ello retrasa el ejercicio del gasto público, pues se dice que lo nuevos funcionarios se tardan en aprender a gastar. Hay cierta falacia en ese argumento, pues le da demasiada ponderación al gasto gubernamental. La inversión privada debería ser el motor del crecimiento, y con un gobierno nuevo que desde un inicio brinde certidumbre en el rumbo y confianza, el PIB no tendría por qué estancarse. Del primer año de los últimos cuatro sexenios previos, el PIB en este gobierno es por mucho el más bajo, y en dos de ellos se enfrentaron situaciones de recesión externa.

Así, el 2019 se perfila hacia un crecimiento nulo del PIB. Para el 2020, se podría tener una tasa de entre 1.2 y 1.4%; sin embargo, mucho de ello se reflejará por el efecto estadístico de comparación con una base muy baja. No obstante, en la medida en que en el 2020 el sector de la construcción y el petrolero cesen de contraerse, sería posible salir del estancamiento.

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