La Secretaría de Energía (Sener) es una de las secretarías más pequeñas del gabinete mexicano. Su presupuesto, de un par de miles de millones de pesos, quizás suene abultado en términos absolutos. Pero es menos de 3% del presupuesto de secretarías como la de Gobernación, y eso que incluye a institutos y comisiones como los de investigaciones y salvaguarda nuclear y de promoción de la eficiencia energética.

Los funcionarios de la Sener ocupan un edificio entero en la avenida Insurgentes. Pero, salvo por una modesta sede alterna, no están regados a lo largo y ancho de la república con unidades y delegaciones. Son menos de 900. Los de Hacienda o Gobernación rondan los 6,000 (sin incluir el SAT y este tipo de organismos que agregan otros varios de miles).

La Sener encabeza el consejo de Administración de Pemex, la empresa mexicana más grande y emblemática, y el de la CFE, otro gran ícono mexicano. Pero, a lo largo de décadas, varios secretarios y sus equipos se han quejado de ser ignorados por las paraestatales (hoy empresas productivas del Estado).

Como cabeza de sector, se sobreentiende que la secretaría influye en criterios y percepciones de los reguladores. Pero, hoy por hoy, no hay mecanismo alguno para dictar línea oficial. Viniendo de un regulador al secretario, un no es no.

Regir la política energética nacional, particularmente en un país de tradición petrolera como el nuestro, suena glamoroso. Implica tomar decisiones transformadoras. Llevar electricidad a una comunidad por primera vez transforma la vida de cientos de personas. Llevar gas a un estado por primera vez lo pone, casi automáticamente, en el camino del crecimiento. De igual forma, el desabasto de gasolinas o alertas críticas de gas pueden poner de cabeza regiones enteras.

Pero, en el día a día, el trabajo de los funcionarios de la Sener gira en torno a participar en comités, escribir reglamentos, normas y lineamientos. Compilar, preparar y publicar estadísticas rebuscadas. Identificar tendencias para reportarlas. Hay complejidad en todos lados. Antecedentes y excepciones planteadas, aprobadas y aprendidas. Pequeñas decisiones, con muchas decisiones, entre un mar de información. Son, en el sentido técnico de la palabra, burócratas.

Desafortunadamente, a muy pocos meses de que concluya la transición, el futuro inmediato de los burócratas de la Sener no es demasiado alentador. Aún entre los que tengan preferencias políticas más cercanas al nuevo gobierno, su sueldo se está recortando. Quizás tengan que desarraigar a sus familias de la Ciudad de México para seguir a la Secretaría de Energía a su nueva sede propuesta, en Tabasco. Enfrentan el riesgo de ser vistos como tecnócratas, parte del neoliberalismo que le “choca” a AMLO. Algunos quizás sean considerados medio fifís.

Tienen mucho en contra. Son pocos. Muchos de ellos son nerds o especializados, aburridos o rebuscados, difíciles de entender. Su trabajo, de nuevo, es escribir reglamentos y diseñar políticas. Pero sería un error, tanto para la sociedad como para la secretaría, descontarlos, alienarlos o ignorarlos.

Como Michael Lewis plantea en The Fifth Risk, en muchos casos, los burócratas de cualquier sector frecuentemente representan la última o única barrera entre sacrificar el largo plazo en el altar político del cortoplacismo, los únicos defensores del molesto y aburrido análisis de costo beneficio, que tiende a obsesionarse con el largo plazo. Seguro se equivocan mucho, como cualquiera, pero tienden a ser una voz de la razón. Al menos intentan.

Pero el otro argumento, además de ser menos confrontacional, me parece más relevante. La Secretaría de Energía, con el apoyo convencido de la mayoría funcionarios que le saben a los temas, es increíblemente potente. Rige al sector y puede marcar una diferencia en el país. Es clave para construir una visión que emocione y atraiga; es indispensable para que existan reglas y procesos que permitan que la visión de verdad se vaya materializando, como recientemente ha sido el caso.

De lo contrario, es un florero, unos pocos empleados y recursos escasos que, en el gran esquema nacional de las cosas que importan, estarían casi de adorno.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell