Estamos acercándonos al final cronológico de uno de los años más importantes, por lo menos en el último siglo. Probablemente, más que en otros años, la salud se convirtió en el bien intangible más codiciado y valorado a lo largo del año.

Tuvimos una pandemia que a todos tomó por sorpresa. Es más, es muy probable que el vocablo “pandemia” antes del 2020 no hubiera tenido el uso y significado que hoy engendra, en personas no especialistas sobre salud pública. Nos enfrentamos a un virus, por encima inaudito, que paralizó naciones enteras.

Desde el punto de vista sociológico, resulta interesante y a la vez pertinente recordar cómo personajes como Michel Foucault, describían el papel de la salud en las sociedades contemporáneas. Es un lugar común por ejemplo, que todos deseemos tener salud, dinero y estabilidad emocional. Parecería incluso como un mantra, o un lugar común de bendiciones que todos deseamos. Pero este 2020 nos vino a recordar que sin salud, no hay ni estabilidad económica ni emocional. También nos recordó, que aunque la salud debería de ser un derecho fundamental de todo ser humano, al final se encuentra diferenciada en cuestión del acceso por niveles socioeconómicos. Y aun con todo el dinero y todo el poder, hubo muchas personas que no sobrevivieron al virus.

El 2020 nos vino a recordar de manera, un tanto violenta pero también contundente, cuáles son las prioridades en la vida. Cómo a pesar de los adelantos técnicos y científicos, como seres humanos aún somos vulnerables a amenazas que ni siquiera cuantificábamos. Las prioridades entonces vinieron para vivir en el aquí y en el ahora, dando importancia a lo fundamental, de manera un tanto obligada.

Nuestra capacidad de adaptación fue puesta a prueba de manera contundente. Hoy más que nunca valoramos el peso que nuestra salud mental juega en situaciones de estrés e incertidumbre. El peso de no tener lugares diferenciados de trabajo, esparcimiento o socialización y reducir el mundo exterior a una computadora con internet fue vivido por muchos. Los efectos del confinamiento y la pandemia fueron experimentados de manera masiva, no importando edades.

Los niños se tuvieron que adaptar a una realidad en la que compartir el lunch con el compañerito de la escuela se queda como un recuerdo de otros tiempos. Los adultos, de manera reticente, tuvieron que acostumbrarse a una realidad en las que la sociabilidad con círculos de amigos estaba puesta a prueba. La pandemia evidentemente se vivió de manera diferenciada en función de las condiciones socioeconómicas. Hay quienes, a pesar de quererlo, no pudieron quedarse en casa para poderse cuidar.

Pasamos por diferentes estadios a nivel social para poder entender qué era lo que pasaba a nuestro alrededor. La desinformación y el exceso de información tuvieron sus efectos en la forma en la que las personas percibieron el peligro de contraer el virus. Nuestros modos de consumir, de convivir, de trabajar cambiaron de manera drástica y muy probablemente sigan así durante un largo período.

Y alrededor de todos estos cambios, la salud como el bien más codiciado de todos. Las condiciones de salud previas a esta pandemia, en las que las enfermedades crónico-degenerativas estaban en la agenda mundial de salud, cobraron una factura más alta a quienes tuvieron el virus. Hoy más que nunca valoramos de manera contundente que los estilos de vida saludables se construyen día con día.

Twitter: @lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

Lee más de este autor