La rifa del avión presidencial se les presenta a los ciudadanos como una trampa, en la medida en que el monto del premio es una incógnita.

En la célebre polémica que escenificaron en los 70 Carlos Monsiváis y Octavio Paz, este último acusó a su contrincante de no ser un individuo de ideas, sino de ocurrencias. Es también el caso del presidente López Obrador. La refinería en Dos Bocas, el Tren Maya y el aeropuerto en Santa Lucía derivaron todos de ocurrencias de campaña. Y la nueva ocurrencia de rifar el avión presidencial parece haber emanado de la inspiración del propio Luis Echeverría.

La propuesta de rifar el avión presidencial no resiste el más superficial análisis económico y para empezar es de no tomarse en serio en razón de que parte de una falsedad. Ésta es que el gobierno no ha podido vender la tan controvertida aeronave. Es falso que un avión o cualquier otro activo no pueda venderse. Sí es posible, pero la clave está en el precio de salida. Lo que pasa es que, por prestigio político o terquedad, las autoridades de la 4T no están dispuestas a castigar lo suficiente esa papa caliente por debajo de su avalúo.

Nadie en su sano juicio estaría dispuesto a poner 500 pesos en esa patraña del sorteo del avión presidencial. Sin embargo, tengo para mí el temor de que el gobierno de la 4T podría encontrar la fórmula para forzar la colocación entre el público para los boletos de esa rifa. Mediante presiones políticas a la usanza del viejo priismo —después de todo, empezando por AMLO, las principales figuras de Morena tienen su origen en el tricolor— obligar, torciéndoles el brazo, a los grupos empresariales y a las grandes corporaciones a tomar tramos cuantiosos del sorteo.

¿Para qué comprar un boleto de la rifa del avión presidencial si es posible entrar a cualquier sorteo de la Lotería Nacional o de Pronósticos Deportivos, conociendo de antemano el dato fundamental del monto del premio a obtener? El ciudadano individual no tendría incentivo alguno a participar en ese sorteo. Así, la rifa del avión presidencial se les presenta a los ciudadanos como una trampa o un gazapo, en la medida en que el monto del premio es una incógnita. Sería una trampa y una injusticia para el eventual ganador, toda vez que mediante el sorteo el gobierno  transferiría el reto de vender el avión con base en una gran brecha entre el avalúo del bien y su precio de venta.

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico