El cambio más importante en la agricultura a nivel mundial fue la revolución verde de los años 50 y 60. Adelantarse a la demanda de alimentos de una población en crecimiento acelerado fue su objetivo. El salto tecnológico modificó radicalmente el modo de producción agrícola y las expectativas de un mundo sin hambre. Bajo el patrocinio de la Fundación Rockefeller, se privilegiaron paquetes tecnológicos (semillas mejoradas, fertilizantes, sistemas de riego y capacitación).

Una mirada antagónica surge 50 años después. La revolución verde ni ha sido milagrosa, ni cumplió con sus expectativas. No sólo incumplió; trajo, aparejadas, desastrosas consecuencias. Cuatro más evidentes*: graves efectos medioambientales, marginación de campesinos, impulso a agronegocios y retraimiento de la investigación. La visión optimista e ingenua de esta revolución menguó la creciente conciencia agroecológica, la innegable marginación de campesinos y la perpetuación del hambre en el mundo, han desmontado el discurso que justificó durante décadas las políticas públicas agropecuarias. La importancia de cuestionar este modelo productivo es primordial, pues existen resabios que pretenden darle vida artificial. Tres preguntas claves han evidenciado el carácter excluyente de esta revolución: ¿quiénes se han beneficiado de ella?, ¿quiénes han pagado los costos?, ¿qué efecto ha tenido en reducir el hambre en el mundo?

El desplazamiento de los alimentos básicos (maíz, frijol, trigo y arroz) hacia cultivos más rentables y la alta dependencia de insumos de la agroindustria fuertemente relacionados con los precios del petróleo, además de excluir a los campesinos pobres, han elevado los precios de los alimentos.

La actual situación mundial requiere una política integral a favor de la producción de alimentos fundamentales para las mayorías: sustentable, incluyente y bien enfocada. Implica estrategias diseñadas a partir de lo local, enfocadas en el aprendizaje que permita adoptar, adaptar y rehacer tecnologías viables y apropiadas a cada contexto agroecológico y cultural. Asimismo, el abuso de las semillas mejoradas, híbridas y transgénicas ha llevado a un desprecio de las semillas criollas, adaptadas a su contexto y resultado de un proceso milenario de coevolución.

Hoy esa diversidad está en riesgo de desaparecer.

Volver a lo local (semillas, alimentos y modos de producción familiar), combinar la producción agrícola con producción pecuaria -complementarias entre sí- y fortalecer los mercados locales revitalizará la vida rural. Darán un lugar a los campesinos vulnerables y un respiro a la naturaleza, gravemente atacada por tecnologías agresivas y miopes que sólo ven el mañana y olvidan que vienen generaciones necesitadas de alimentos sanos y de entornos medioambientales revitalizados.

Esto implica retornar a la pequeña agricultura familiar, desarrollar tecnologías sencillas y adaptables y un nuevo movimiento hacia alimentos nutritivos y culturalmente apropiados. El último eslabón lo constituye el comercio justo. La costumbre de regatear a los campesinos es una práctica en contra del comercio justo. Sólo quienes producen con su esfuerzo y dedicación saben el costo de producir alimentos de calidad. No les regateemos y fortalezcamos la pequeña agricultura.

* Sarah Aguilar, The perennial Green Revolution: how agrobusiness appropiated a philanthropic narrative and its bounties, 2016