Jugar con fuego tiene sus consecuencias. Regularmente el quemarse. Y buscar petróleo tiene también su impacto.

La historia del uso de los combustibles fósiles siempre ha sido una muy romántica en donde la bendición de la naturaleza en el subsuelo nos permite mover enormes maquinarias en nombre del progreso.

En México las historias bonitas no sólo involucran al humilde pastorcillo oaxaqueño que se convirtió en el mejor presidente de México, como pintan a Juárez.

También nos relatan la maravillosa historia de Rudesindo Cantarell un humilde pescador que navegaba en su lanchita cuando descubrió que del mar brotaba una copiosa mancha de aceite de las profundidades. A tan sólo unos kilómetros de la costa campechana en el Golfo de México.

Ese derrame natural de petróleo no se convirtió en una desgracia ecológica, ni en un gran escándalo político, como ahora lo hay, sino en una de las más grandes bendiciones nacionales: la prolífica región petrolera bautizada, en honor del humilde pescador, como Cantarell.

O qué tal aquella historia de la televisión estadounidense de los montañeses que en plena cacería fallaron el tiro de su escopeta y al darle al suelo descubrieron petróleo en sus terrenos y se convirtieron en los Beverly Ricos.

Tal bonanza petrolera a flor de piel ensoberbeció a las naciones. En Estados Unidos se crearon los american muscle y las SUV con poderosos montores de ocho cilindros, que devoraban despiadadamente el interminable regalo del subsuelo.

Y en México el enloquecido poder absolutista del PRI nos invitaba a administrar la abundancia, al tiempo que gastaba inmisericorde los dólares obtenidos por la venta descontrolada de los millones de barriles que se extraían del fondo del mar.

Pero ni administramos la abundancia y ni era tan infinito el recurso natural. El precio subió y la apuesta se radicalizó. Más lejos, más profundo, más escaso.

Así se convirtió la tarea extractiva del petróleo. Y de los 10 dólares por barril de 1998, llegamos a los 150 dólares por ese mismo barril a la mitad de esta década.

Y como el principio mismo del inversionista, a mayor riesgo, mayor rendimiento. La exploración en aguas profundas se convirtió en una realidad, gracias a la tecnología humana que ha llegado cada vez más profundo.

Las proezas de los ingenieros se presumen en los museos y nadie estaba preparado para cuando algo saliera mal.

Lo rentable de los proyectos hace que la tecnología avance en la dirección donde se tope con resultados, pero muchas veces esa urgencia acompañada de ambición hace que se olviden los planes B o las contingencias que puedan ocurrir en el camino.

El frágil equilibrio entre las limitaciones de la especie humana y su arrojada tecnología se rompió en el Golfo de México y ese prodigio tecnológico de perforar muy profundo ahora se ha convertido en una de las peores desgracias ecológicas, políticas y económicas de la industria petrolera mundial.

Nos dijeron los expertos como sacar petróleo del fondo profundo del mar. En países como México envidiamos esta tecnología exclusiva de las empresas privadas. Pero nadie nos dijo cómo corregir los errores humanos que se produjeran en el camino.

Hoy la tragedia sigue. El principal daño es ecológico, es humano. Pero los daños colaterales alcanzan la vida política de Estados Unidos y las finanzas de todo el sector petrolero, con especial énfasis en la condición económica de la empresa dueña de la plataforma colapsada: British Petroleum.

Y hoy que Barack Obama siente toda la presión política sobre sus hombros empieza a tomar decisiones radicales: cortar los subsidios a las empresas que mueven el corazón de América del Norte; llevar a cabo, ahora sí, proyectos de energías limpias. Y castigar económicamente a los responsables de haber arriesgado tanto para sacar el codiciado petróleo.

Se acabaron los hidrocarburos fáciles y baratos. Lo que sigue es arriesgarse por lo que queda en territorios tan complicados como las profanidades del mar o renunciar a la vida fácil que por años permitió el petróleo. Sin embargo, no parece ser este episodio el decisivo para tomar estas determinaciones.

Tan pronto como quede sellado el derrame, el tema pasará de moda y en poco tiempo nadie hablará de él. Entonces, la exploración subsidiada de las aguas profundas seguirá sin pausas, hasta que otro evento quizá más radical vuelva a poner la atención en el tema de las energías de siempre.