Los vetócratas son quienes mandan porque tienen el poder de vetar. No son la mayoría, pero están bien organizados para impedir los cambios fundamentales.

México tiene el récord mundial absoluto de reformas laborales congeladas. Son 390, en un periodo que abarca tres décadas y 12 legislaturas. Es un récord impresionante que, como toda marca mundial, requiere un gran esfuerzo sostenido durante años y una forma bizarra de talento para resistir el cambio. Es una marca descomunal, pero no imbatible. Estamos a punto de llevarla más allá. Pronto serán 391 reformas laborales congeladas, a menos que encuentren la forma de evitar el choque de trenes en el Senado.

Resultaron prematuros los festejos por la aprobación de la reforma laboral en Cámara de Diputados. A la luz de lo que está pasando en la Cámara Alta, también fueron anticipados los peores temores en torno de ella de parte de sus detractores. El estado de las cosas parece que seguirá como está. Nos quedaremos con una reliquia: nuestra Ley Federal del Trabajo que data de 1972 y está llena de parches. Quizá tengamos que comprar una velita más para celebrar su próximo cumpleaños. U otra vela, para el entierro de la primera iniciativa preferente que envío Felipe Calderón.

Al escribir esto, 11 de octubre, las negociaciones estaban en un punto muerto. El PRI insiste en que se apruebe el documento que ya tuvo el visto bueno de la Cámara de Diputados. El PAN y el PRD se han aliado en contra. Al hacerlo, contradicen el comportamiento de sus bancadas en San Lázaro. Allí, dijeron sí. Los diputados del PAN estaban aliados al PRI, PVEM y Panal. Allá, medio centenar de legisladores del PRD se evadieron en el momento de votar. Será el triunfo de la vetocracia. Los vetócratas son aquellos que mandan porque tienen el poder de vetar. No son la mayoría, pero están bien organizados para impedir que las transformaciones fundamentales ocurran. Saben que es más fácil bloquear que construir.

El concepto de vetocracia pertenece al pensador estadounidense Francis Fukuyama. Lo utilizó para definir la parálisis legislativa que Estados Unidos vivió en el 2011. No menciona a México, pero no hace falta: somos un caso para ilustrar el diccionario.

El interés colectivo de largo plazo está subordinado a la actuación de grupos que defienden sus intereses particulares: sindicatos, oligopolios, burócratas y caciques regionales, por ejemplo. El triunfo de los vetócratas les permite mantener sus privilegios y ganar mucho a costa de casi todos nosotros: nos condena a movernos en cámara lenta en un mundo en el que los mejores van más rápido que nosotros. Se traduce en años de rezago y retroceso en algunos de los índices internacionales que valen la pena: competitividad, riqueza y desarrollo. La reforma laboral está a punto de sufrir su Waterloo en el Senado. Si esto ocurre, se estará mandando un poderoso mensaje al mundo: no será fácil sacar adelante las reformas estructurales. Si los cambios a la legislación laboral eran la primera prueba, tendremos razones para ser escépticos en las reformas que estaban en la lista. La energética y la fiscal, por ejemplo.

Si no hay forma de trascender la vetocracia para conseguir una reforma laboral, ¿por qué podrá lograrse para reformar Pemex o cambiar el sistema de impuestos? El mensaje al mundo es: México dice que quiere cambiar, pero no puede. Cuando digo el mundo, no implico sólo la comunidad internacional: pienso sobre todo en los ciudadanos mexicanos y en nuestras instituciones.

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