En la conclusión de su célebre La crisis de México , ensayo publicado en 1947, Daniel Cosío Villegas advirtió que México iría a la deriva de no reconocerse, y remediarse, la crisis política y moral en que había caído al iniciarse la consolidación del régimen que sustituyó al porfirista. Negada por muchos, tal crisis era el resultado del agotamiento de las metas de la Revolución mexicana: se había llegado al punto de que el término mismo revolución carece ya de sentido , de modo que el país renovaba el compromiso del proyecto de una nación más justa o estaba perdido. Podría, como último recurso, confiar su porvenir a Estados Unidos , lo que quizá resolvería algunos de sus problemas de índole económica, pero en la justa medida en que su vida venga de fuera , México dejaría de ser México, como nos recuerda Lorenzo Meyer en su último libro Distopías mexicanas.

Cosío Villegas no ahondó en el contenido de su profecía. Sin embargo, a 66 años de distancia de ella, estamos en posibilidad de detallar si se cumplió mediante el simple método de registrar y evaluar lo que ha significado el confiar la solución de algunos de nuestros grandes problemas a las directrices y las soluciones propuestas por o con Estados Unidos.

En los siguientes seis sexenios la semiindependencia alcanzada para México por su revolución se mantuvo con altas y bajas, pero las crisis económicas de finales de los sexenios presididos por Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo acabaron con lo que quedaba del proyecto mexicano. La siguiente crisis, ésta política, resultado del fraude electoral de 1988, llevó a que el grupo dirigente encabezado por Carlos Salinas de Gortari basada en un débil mercado interno por la preservación del dominio priista sobre el sistema político. Fue entonces cuando se empezó a cumplir el pronóstico de Cosío Villegas, pues Salinas prefirió confiar su porvenir a Estados Unidos , aunque al hacerlo comprometió al país a un aumento de su dependencia respecto de éste.

Meyer señala que la propuesta de Salinas a Estados Unidos para negociar un tratado de libre comercio no fue otra cosa que un intento por encontrar en el vecino el apoyo y la energía que ya no se querían buscar internamente. A cambio de clausurar la etapa del nacionalismo revolucionario, el Ejecutivo prometió la recuperación del notable ritmo de crecimiento que había caracterizado los años 50 y 60, pero con nuevas bases, con lo que México ingresaría al exclusivo grupo de los países desarrollados.

El final ya lo sabemos: lo prometido quedó en deuda. El Producto Interno Bruto (PIB) salinista fue de apenas 2.31% anual en promedio y en los siguientes sexenios alrededor de 2%, aunque lo que sí ocurrió fue que México perdió la relativa autonomía que había comenzado a alcanzar durante el cardenismo.

El miedo a tener un loco en la Casa Blanca era un riesgo poco predecible, aunque los norteamericanos ya habían hecho lo propio con la reelección del hasta ahora su peor presidente de la historia, George Bush hijo. El error no fue de los estadounidenses; ellos lo mostraron claramente construyendo un muro al que Trump le dará una segunda manita; fue nuestro, al haber confiado nuestro futuro en los Estados Unidos, cuando nuestro vecino del norte ha dado muy pocas muestras históricas de solidaridad con nuestro país, menos aún los republicanos. El problema es que a una confianza ciega en los Estados Unidos se suma ahora un timonel que, como dice Joseph Stiglitz, maneja una economía de vudú, con unas reglas que desconocen las propias normas de la gravitación universal en materia económica. Dios nos agarre al mundo, a México y al propio Estados Unidos confesado, ahora que tristemente este sacramento está dejando de practicarse por nuestros católicos.

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.