Fue en el verano de 1519, a los 10 días del mes de agosto, cuando supieron que estaba todo listo. La mar salada más invitante que nunca, la tierra, una aventura por descubrir, el proyecto, una dorada promesa. Una flotilla de cinco navíos preparada para zarpar de Sevilla a emprender la hazaña más magnífica. Un viaje con un riesgo tan grande como la esperanza: si la Tierra era redonda como se decía, se completaría su circunnavegación sin infortunio...quizá hasta lograrían nuevas conquistas, otras rutas que los condujeran a las Islas de las Especias y otros territorios maravillosos nunca antes vistos que los llenarían de gloria y de riqueza. Armados de fuerza, valor y algo de desasosiego, 265 hombres, comandados por el portugués Fernando de Magallanes estaban dispuestos a hacerse a la mar. A emprender una travesía que nadie, antes, jamás había hecho. Un viaje que borraría el concepto non terrae plus ultra (no hay tierras más allá) —idea fija de la mentalidad medieval— y comprobaría el más moderno plus ultra (hay mucho más allá), que por añadidura había adoptado como lema el rey Carlos I de España, patrocinador del proyecto. No había más. Apenas hace 500 años iniciaba la primera vuelta al mundo.

Todo era maravilloso pero la expedición marítima de Magallanes era una cosa seria: más allá de las maravillas que pudiera encontrarse tenía el propósito de abrir una ruta comercial con las islas de las especias por Occidente, o bien, hallar un paso entre el océano Atlántico y el océano Pacífico. Las cinco naves que llevaban eran más bien pequeñas, de unos 25 metros de largo (eslora) y 8 metros de ancho (manga) que podían soportar cargas de distintos tonelajes. Y sí, aunque la escuadra partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519, saliendo del muelle de las Mulas en el río Guadalquivir y descendió hasta llegar a su desembocadura, en Sanlúcar de Barrameda, en puerto del océano Atlántico, durante las siguientes semanas, Fernando de Magallanes y los capitanes de las naves iban y venían para atender diversos asuntos. Entre ellos asegurar el cargamento que se llevarían. La cantidad de suministros, calculada para abastecer a 250 hombres por dos años —aunque resultaron tres— fue enorme: en total, 500 toneladas de provisiones: galletas, sardinas, arenques, higos, alubias, lentejas, arroz, harina, queso, miel, membrillo, vinagre, vino de Jerez, carne de cerdo salada y siete vacas vivas para que les proporcionaran carne y leche fresca. Todo ello sin contar con las velas para iluminarse, instrumentos musicales, repuestos, herramientas y armas de fuego. Sólo cuando todo estuvo listo la flota zarpó definitivamente de Sanlúcar de Barrameda, a darle la vuelta al mundo, el 20 de septiembre de 1519.

Los navíos atravesaron el Atlántico pasando por las islas Canarias hasta llegar a Río de Janeiro. De ahí emprendieron rumbo a la Patagonia siguiendo la línea del litoral. A más de un año de haber dejado Europa atrás, cruzaron el sinuoso canal que une los océanos Atlántico y Pacífico al sur de Chile y después se bautizaría con el nombre de Estrecho de Magallanes. Después fueron hacia el noroeste hasta llegar a las islas Filipinas, donde el propio Magallanes perdió la vida en un intento fallido de colonizar la isla de Mactán. A partir de aquel momento la expedición quedaría a cargo del marinero español Juan Sebastián Elcano que, hace 500 años, completaría la primera vuelta al mundo.

Los navíos.

Pero no sólo de los hombres tenemos noticia y recuerdos de gloria. De las cinco embarcaciones también y casi las sabemos con nombre y apellido. Expedicionarias también, bien vale la pena hablar también de ellas y sus historias.

La Trinidad, se llamaba la primera. Una nave que fue dispuesta expresamente por Magallanes para su viaje a la Islas de las Especias pero terminó fallando al intentar navegar a través del Pacífico. Su comandante fue Gonzalo Gómez de Espinosa, un buen soldado, pero no un marino y su tripulación estaba compuesta por 55 hombres. Su desventura comenzó el 6 de abril de 1522 cuando trató de zarpar de las islas Molucas cargada con 500 toneladas de clavo, se desvió por el monzón de verano, terminó siendo asaltada por una flota de naves portuguesas y poco después hecha pedazos en una tormenta.

La segunda embarcación se llamó San Antonio y abandonó la expedición que daría la vuelta al mundo, volviendo a Sevilla el 6 de mayo de 1521, antes de llegar al Estrecho de Magallanes. Era la que tenía mayor capacidad de excursión y estaba al mando de Juan de Cartagena. Sin embargo graves conflictos entre los marineros —que llegaron al complot y al levantamiento— acabaron en una revuelta tan grave que provocó que la nave regresara de nuevo a España. Al ser la más grande de toda la expedición, su partida provocó grandes perjuicios al resto de la tripulación y al desarrollo de la expedición entera.

La Concepción fue la tercera en porte de las cinco naves y contaba con una tripulación de 44 hombres entre la que se encontraba Juan Sebastián Elcano, que completaría la vuelta al mundo. Fue la que menos relevancia tuvo en cuanto a la expedición y consta que fue quemada y abandonada, en abril de 1521, frente a la isla de Bohol en Filipinas, por falta de tripulación.

Santiago se llamaba la nave más pequeña de la expedición, con una tripulación de 31 hombres y su capitán era Juan Serrano. Fue una decepción absoluta para la corona española y terminó naufragando el 3 de mayo de 1520 en el estuario del río de Santa Cruz, Argentina. Se dice que sus restos se encuentran perdidos por la Patagonia pero nadie lo sabe.

Majestuosa, como su nombre lo indica, La Victoria fue la única nave en completar la expedición. Era un buque de alto bordo de la primera escuadra que la Monarquía Hispánica previó para ir a buscar las especias y fue llamada Armada de la Especiería o Armada de Magallanes. El capitán al mando y tesorero de la armada era Luis Mendoza cuyo capitán mayor, mientras vivió, fue Fernando de Magallanes. El 6 de septiembre de 1522, La Victoria atracó en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, el mismo lugar desde donde había zarpado tres años antes con únicamente 18 supervivientes a bordo. Se convirtió en el primer buque en circunnavegar la Tierra y gracias a ella Elcano recibió el título de Primus circumdedisti me (fuiste el primero que la vuelta me diste).

Hoy 500 años después del acontecimiento, no necesitamos ni barco, ni proyecto, ni siquiera levantarnos para dar la vuelta al mundo. Pero todavía hay mucho que festejar, rememorar y aprender. ( Bien lo dijo Margueritte Yourcenar: ¿quién sería lo bastante insensato para morir sin haber dado al menos la vuelta a su cárcel?).