Lamentable es el sentido que los mexicanos comunes y corrientes damos a la palabra política. La verdad es que se trata de la vulgarsísima y sucia lucha por el poder, caracterizada por ambiciones y corrupción, intereses personales y partidarios casi siempre inconfesables y opacos para todos -a pesar del ahora renombrado IFAI-, menos para sus detentadores.

Dice Unamuno que no puede haber patria donde los ciudadanos no se preocupen por la política y sus problemas.

Pero, ¿qué es la política? ¿Definir el adónde y el para qué? ¿Es servicio leal y coherente a la comunidad, como Saramago escribe que lo hizo Jorge Sampaio cuando fue Presidente de Portugal? ¿O eficacia para mover voluntades ajenas alrededor de un ideal, mismo que le da sentido a la vida, de acuerdo con el catedrático granadino Jiménez de Parga? ¿Esclarecer el objetivo y conquistar los medios para alcanzarlo? ¿Concertar, tarea harto peliaguda, dada la realidad abigarrada de facciones?

Notable es el mensaje navideño del Rey de España a sus conciudadanos. Ante la crisis y el deterioro de instituciones y función política, quiere reivindicar el valor y la dignidad de la política grande, con mayúsculas, la que fija su atención en el bienestar de todos, la que respeta la diversidad, la que no provoca enfrentamiento, la que integra lo común para sumar fuerzas y no para dividirlas, la que se apoya en el espíritu de servicio y se acomoda a los principios de la ética personal y social, la que es capaz de sacrificar el deleznable corto plazo a objetivos más amplios, la que sabe renunciar a una porción de lo suyo y busca el entendimiento y el acuerdo.

Satisface encontrar notas de coincidencia entre lo que afirma el monarca y los pronunciamientos de la nueva administración en México.

Ojalá que el Pacto por México sobreviva y funcione como un instrumento de conciliación alrededor de los medios para que el país siga adelante.

La suma de voluntades ha de crear la indispensable confianza. Y la parte rica de esta sociedad, corrupta, sobreabundancia privada y derroche oficial, debe ajustarse a patrones de austeridad y estar dispuesta a renunciar a sus privilegios económicos para cederlos a la gran mayoría pobre.

Y acerca de las banderías: hombres sin fe y sin conciencia que cambian de partido como de ropa, dice Fuentes Mares.

Mejor lo que sigue de Gonzalo Rojas: seamos testigos vivos de la política, pero sin consigna.

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