La globalización está íntimamente relacionada con el desarrollo económico. Las etapas de mayor dinamismo del comercio y del Producto Interno Bruto fueron las décadas previas a la Primera Guerra Mundial, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y, más recientemente, el periodo entre mediados de la década de 1980 hasta la crisis del 2009. Esta última fase estuvo caracterizada por el protagonismo de los países emergentes, las intensas caídas del costo de transporte y las mejoras logísticas y tecnológicas que favorecieron el desarrollo de las cadenas globales de valor, conectando mercados, factores y consumidores distantes entre sí.

Todo este dinamismo no hubiera sido posible sin el desarrollo de una gobernanza multilateral del comercio global, a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), o sin la apertura de China y a las reglas de mercado. Estas políticas de integración y colaboración están un poco más en riesgo con las últimas medidas del gobierno de Estados Unidos de imposición de tarifas al acero y al aluminio.

Aunque se trata de un salto cualitativo no es, ni mucho menos, la primera señal del auge proteccionista en el mundo en general y en EU en particular. Así, el conteo de medidas que limitan el flujo de bienes, servicios y personas que mantiene Global Trade Alert, una iniciativa del Center for Economic Policy Research a petición del G20, muestra un aumento de las mismas desde el 2010 hasta el 2013, iniciando entonces una caída que sólo se intensifica en los dos últimos años. Sin embargo, no ocurre lo mismo en EU.

Si durante el gobierno del presidente Obama, entre el 2009 y el 2016, 13% de las medidas restrictivas provenían de EU, el porcentaje subió hasta 21% del total en el 2017 con el gobierno de Trump, y en el 2018, con información hasta el 12 de marzo, son 44% del total de las medidas restrictivas que se imponen en el mundo.

Es un simple recuento, sin ponderar la amplitud de su impacto relativo, pero es más que indicativo del reto que supone, para la gobernanza multilateral del comercio, el cambio de política de uno de los países que más contribuyó a su configuración. Y el efecto de las medidas más recientes, más allá del peso relativo de las importaciones de acero o de aluminio, puede ser importante. Primero porque recurre a argumentos de seguridad nacional de más que dudosa relevancia, dado cuáles son los principales proveedores (Canadá, Corea del Sur, Alemania, México) o el tipo específico de productos importados. En segundo lugar, por lo elevado de las tarifas impuestas y su carácter indiscriminado en principio e ilimitado en el tiempo. Y en tercer lugar, por el enfoque bilateral que subyace, el quid pro quo bien explícito de poder escapar de las medidas si se ofrecen contraprestaciones.

Se socava así el multilateralismo y con él los mecanismos de resolución de conflictos basados en reglas, instituciones, predictibilidad en definitiva. Es el arte de la negociación (bilateral), que no sólo genera incertidumbre, y por tanto en sí mismo es un freno a la actividad económica, a la inversión y al empleo, sino que puede espolear medidas de represalia. Unas medidas que, por cierto, también regula la OMC en el caso de controversias comerciales entre países.

Lo paradójico además es que, a diferencia de lo ocurrido con anterioridad, se produzca un auge de medidas proteccionistas en un escenario económico que en Estados Unidos se caracteriza por una larga expansión cíclica, con crecimiento sostenido a ritmos cercanos a 3%; una tasa de desempleo en niveles mínimos, cerca de donde se puede encontrar el nivel compatible con el pleno empleo; unos mercados financieros que no son precisamente adversos al riesgo; y unos costos de financiamiento contenidos.

La respuesta a la paradoja es el diagnóstico triplemente erróneo de las autoridades de EU. Primero, por colocar el saldo comercial bilateral como un objetivo de política económica, cuando es simplemente un saldo resultado de múltiples fuerzas sobre las que, por cierto, actúan de modo opuesto otras medidas recientes como la reforma fiscal. Segundo, por perseguir el mantenimiento del empleo en contra de la eficiencia económica, en vez de mejorar la empleabilidad de los trabajadores. Y finalmente, por generar incertidumbre: el freno por excelencia a la actividad y el empleo. Paradójico, pero real.

*BBVA Research.