La verdadera verdad siempre es inverosímil, escribió Dostoievski.

La Sociedad Alemana de la Lengua (GfdS, por sus siglas en alemán) elige las 10 palabras que mejor representan el año. Lo hace desde 1971. Para el 2020 una de las elegidas es Verschwörungserzáhlung, es decir, relato conspirativo.

Tal parece que la verdad ha dejado de basarse en hechos reales y que la ciencia política se encuentra colonizada por fábulas de mal gusto. Ha llegado el momento en que es mucho más disfrutable Borgen (la serie de televisión danesa que es infinitamente superior a House of cards) que escuchar conferencias de prensa de políticos cuyo principal objetivo es generar verdades alternativas.

En la última década del siglo pasado los modelos de comunicación política derivaron en representaciones estéticamente conocidas como infoentretenimiento.

Uno de los creadores del modelo de comunicación sustentado en el infoentretenimiento fue el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, el personaje que llegó a ser el más poderoso del mundo, ya que era el único que tenía en sus manos la triada del poder: político, mediático y empresarial.

En la última década la desconfianza ha acompañado a la política a donde ha ido, y las redes sociales mueven el piso a los medios de comunicación debido al fenómeno que subyace en ellas: la oclocracia. La producción de verdades o hechos alternativos forma parte de un duopolio: la clase política y las series de televisión. ¿Quién genera más confianza? ¿Donald Trump o Brigitte Nyborg?

Brigitte es la primera ministra de Dinamarca en la serie Borgen.

En 2016 el Diccionario Oxford eligió la palabra “posverdad” como la que mejor representó el año. No es casualidad que ese año Donald Trump ganara las elecciones presidenciales y los británicos votaran por el divorcio con la Unión Europea.

La palabra “posverdad” quedó entronizada y su significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

En 2016 Edgar Welch decidió creer que Hilary Clinton y su asesor John Podesta encabezaban una red de pederastas que mantenían secuestrados a sus víctimas en el sótano de la pizzería Cometa en Washington. Un día salió de su casa en Carolina del Norte, cogió una escopeta, subió a su auto y llegó a la pizzería para salvar a los menores de edad. Hubo disparos.

Y sí, la verdadera verdad siempre es inverosímil. Noviembre de 2020. Marjorie T. Green gana un escaño en la Cámara de Representantes. No sería noticia si ella no fuera representante de QAnon, uno de los grupúsculos que alimenta al Partido Republicano a través de teorías de conspiración. Durante su campaña se dejó ver acompañada de un AR-15, rifle semiautomático. En una ocasión escribió que estaba lista para enfrentar a los antifas (antifascistas) que se manifestaban en las calles de Atlanta.

En uno de sus post en Facebook, se le ve con un fusil junto a imágenes de las congresistas demócratas Ilhan Omar, Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib, a las que Trump desprecia con el calificativo de squad, la escuadra. Les dice que se vayan a sus países, aunque las tres son estadounidenses.

Una de las verdades alternativas que se encuentra erosionando el entorno político es pensar que las redes sociales son medios de comunicación bajo el modelo anglosajón: empresas de información.

Pensar que las redes y los medios son sustitutos, es imaginar como lo hizo Edgar Welch; creer que Clinton y Podesta son criminales por ser líderes de un grupo pederasta.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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